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Una fe muy humana 

Como se recordará, del 11 de octubre de 2012 al 24 de noviembre de 2013, el Papa Benedicto XVI proclamó —en el 50 aniversario de la inauguración del Concilio Vaticano II— el Año de la fe. Aquella fue sin duda una magnífica ocasión para considerar algunos modelos bíblicos de fe acendrada, como Abrahán. Pero es posible que lo fuera menos para fijarse en modelos más «humanos», es decir, personajes de la Escritura con una fe sin heroicidades, más parecida a la de cualquiera de nosotros. Es lo que vamos a proponer en estas líneas con la figura del profeta Jeremías.

Jeremías es un profeta a caballo entre los siglos VII-VI a. C. De estirpe sacerdotal, nace en torno al año 650 en Anatot, un pueblo a seis kilómetros al noroeste de Jerusalén. Probablemente estuvo muy influido por la reforma religiosa que llevó a cabo el rey Josías en el año 621; reforma que, entre otras cosas, supuso eliminar los santuarios extendidos por todo el país y establecer como único lugar legítimo de culto el templo de Jerusalén —previamente limpiado de cultos idolátricos: véase a este respecto el ilustrativo pasaje de 2 Re 23,4-15. Testigo de las grandes convulsiones de su época, Jeremías vivió bajo los reinados de seis reyes: Amón, Josías, Joacaz, Joaquín, Jeconías y Sedecías. Sobre todo le tocó anunciar y presenciar la destrucción de la ciudad de Jerusalén a manos de las tropas del rey babilonio Nabu-kudurri-usur —«[dios] Nebo, defiende mi corona [o mi estela]»— (alrededor de 630-562 a. C.), que en hebreo aparece como Nebukadnesar o Nebukadresar, y que en español, pasando por el griego, ha dado Nabucodonosor. Los filólogos nos dicen que el nombre del profeta, «Yirmeyah» o «Yirmeyahu», puede significar «Yahvé levanta» o «Yahvé golpea». Y la verdad es que ambos significados le cuadran bien al personaje.

No obstante, si ha quedado en la imaginación popular un recuerdo de la figura de este gran profeta —uno de los más grandes de la Biblia— es el de que Jeremías es un hombre al que su misión profética le va a acarrear enormes disgustos y sufrimientos. Alguien que tuvo que anunciar cosas desagradables que nadie, ni el rey ni el pueblo, estaba dispuesto a oír. Es más, en español han quedado acuñados los sustantivos «jeremías» —con minúscula—, como aquella «persona que continuamente se está lamentando», y «jeremiada», como «lamentación o muestra exagerada de dolor», según las definiciones que ofrece el Diccionario de la Real Academia. Probablemente a esto contribuyó la creencia antigua de que el libro bíblico de las Lamentaciones —una obra que llora poéticamente la devastación de Jerusalén— era obra de Jeremías.

me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir

Aparte de su relación con las Lamentaciones, la quejumbrosa fama de Jeremías no resulta inmerecida si atendemos al texto de su profecía. En este caso coincide además con el asunto que estamos tratando: por lo que podemos saber, la relación del profeta con Dios no fue una relación tranquila, apacible o serena. Todo lo contrario. Se pueden ver muestras de ello en las cinco piezas que se han dado en llamar «confesiones», porque el profeta desvela en ellas gran parte de su intimidad.

Estos pasajes son los siguientes: Jr 11,18-12,6; 15,10-21; 17,14-18; 18,18-23 y 20,7-18. En estos textos podemos leer cosas como las siguientes: «Tú, Señor, eres inocente cuando pleiteo contigo. Sin embargo, quiero discutir este caso: ¿por qué prosperan los impíos y viven tranquilos los traidores? Los plantas y echan raíces, crecen y dan fruto» (12,1-2); «¡Ay de mí, madre mía, que me engendraste hombre de pleitos y contiendas con todo el mundo! […] Dice el Señor: “Sí, te he creado enemistades, pero para bien; sí, lancé al enemigo contra ti en el tiempo de la angustia y la desgracia […] He entregado al saqueo tus bienes y tesoros, por todos los pecados cometidos en tu territorio. Te haré esclavo de tus enemigos en un país que no conoces”» (15,10.11.13-14); «Ellos dijeron: “Vamos a urdir un plan contra Jeremías, porque no nos faltará la ley del sacerdote, ni el consejo del sabio, ni la palabra del profeta. Hablemos mal de él; no prestemos atención a ninguna de sus palabras”» (18,18).

Pero, sin duda, la «confesión» más conocida —y probablemente la más dura— es la última, ya que, en este caso, el «adversario» del profeta es el propio Dios. Esto es lo que dicen sus tres primeros versículos: «Tú me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir; me has violentado y me has podido. Se ríen de mí sin cesar, todo el mundo se burla de mí. Cada vez que hablo tengo que gritar y anunciar: “Violencia y opresión”. La palabra del Señor se ha convertido para mí en constante motivo de burla e irrisión. Yo me decía: “No pensaré más en él [en Dios], no hablaré más en su nombre”. Pero era dentro de mí como un fuego devorador encerrado en mis huesos; me esforzaba en contenerlo, pero no podía» (20,7-9).

fuego devorador encerrado en mis huesos

Como se puede apreciar, Jeremías está luchando contra su «destino» profético. Incluso llega a emplear palabras cargadas de violencia contra Dios, ya que, cuando habla de «seducción», no se está refiriendo a que el Señor le haya atraído o cautivado, sino que le ha engañado («engañar con arte y maña; persuadir suavemente para algo malo» es precisamente la primera acepción de «seducir» que trae el Diccionario de la RAE). Peor aún, porque en su caso la seducción no ha sido suave, sino violenta: en efecto, el verbo hebreo traducido por «violentar» tiene el sentido de «agarrar con fuerza».

Jeremías confiesa incluso que, ya que Dios parece no olvidarse de él, él va a intentar olvidarse de Dios: «No pensaré más en él, no hablaré más en su nombre». Sin embargo, todo es inútil: Dios y su palabra están tan dentro de Jeremías que este lo percibe como un «fuego devorador» encerrado en sus huesos. Podríamos decir que no cabe una expresión más acabada de la cercanía y la presencia de Dios en el hombre. Muy en la línea de esa conocida frase de san Agustín: «Dios es más íntimo a mí que mi propia intimidad» (Confesiones III, 6), y de esta otra que se encuentra en el Corán: «Dios está más cerca de ti que tu vena yugular» (sura 50,16). Aunque una presencia que, como en el caso de Jeremías, en ocasiones se percibe como nada tranquilizadora…

El otro texto de la profecía de Jeremías significativo para este asunto de la fe (o confianza) en Dios a escala humana es el de la llamada «vocación» del profeta. Lo encontramos en el primer capítulo del libro: «El Señor me habló así: “Antes de formarte en el vientre te conocí; antes de que salieras del seno te consagré, te constituí profeta de las naciones”. Yo dije: “¡Ah, Señor, mira que no sé hablar, pues soy un niño!” Y el Señor me respondió: “No digas ‘soy un niño’, porque irás adonde yo te envíe y dirás todo lo que yo te ordene”» (Jr 1,4-7).

mi refugio cuando llega la desgracia

Esta reacción de Jeremías se parece mucho —aunque quizá no sea tan pertinaz— a la de Moisés (de hecho podríamos pensar que ambas están relacionadas). En efecto, Moisés también esgrime, entre otras evasivas, la dificultad en el habla para tratar de zafarse de la misión que el Señor le encomienda. De hecho, en los capítulos 3 y 4 del libro del Éxodo somos testigos de la «negociación» que Dios y Moisés llevan a cabo a propósito de la liberación del pueblo. Nada menos que en cinco ocasiones Moisés presenta excusas a Dios para no ir a Egipto a cumplir el encargo divino: «¿Quién soy yo para ir al faraón y sacar de Egipto a los israelitas?» (Ex 3,11); «Si ellos [los israelitas] me preguntan cuál es su nombre [del Dios de sus antepasados], ¿qué les responderé?» (v. 13); «No me creerán ni me escucharán; dirán que no se me ha aparecido el Señor» (4,1); «Pero, Señor, yo no soy un hombre de palabra fácil. No lo era antes ni tampoco lo soy desde que tú me hablas; soy tardo en el hablar y torpe de lengua» (4,10); «Ay, Señor, envía a cualquier otro» (v. 13).

Además, el efecto de «rechazo» de la vocación profética que se le presenta a Jeremías queda subrayado si lo leemos teniendo en mente la respuesta a la llamada de otro gran profeta bíblico, Isaías. En efecto, tras narrar lo que los expertos denominan «teofanía», es decir, la manifestación de Dios en el Templo de Jerusalén —humo, terremoto, etc.—, el relato de Isaías continúa: «Entonces oí la voz del Señor, que decía: “¿A quién enviaré?, ¿quién irá por nosotros?” Respondí: “Aquí estoy yo, envíame”» (Is 6,8).

Pero, a pesar de todas las reticencias y dificultades, Jeremías seguirá siendo profeta del Señor y pondrá su confianza en Él: «No me hagas temblar, pues tú eres mi refugio cuando llega la desgracia» (Jr 17,17). Indudablemente, todo un modelo de fe para cualquiera de nosotros.

Pedro Barrado Fernández

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