Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, mayo 26, 2019
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Una idea estupenda 

Una idea estupenda

por Juan Guerrero Roiz de la Parra
Las charlas del abuelo
AQUELLA FRÍA TARDE
INVERNAL, CUANDO EL PESADO
MANTO DE LAS TINIEBLAS
EXTERIORES HABÍA CUBIERTO
POR COMPLETO LA CIUDAD
Y ME ENCONTRABA
CÓMODAMENTE SENTADO EN
MI SOFÁ FAVORITO, EN UNA
CONFORTABLE HABITACIÓN,
BIEN CALDEADA POR EL ALEGRE
FUEGO DE LOS LEÑOS QUE
CREPITABAN EN LA CHIMENEA,
IRRUMPIERON EN LA ESTANCIA
MIS DOS NIETOS MÁS
BULLICIOSOS: RUFO Y CELIA

Les sonreí con agrado mientras se me acercaban con el rostro radiante, pleno
de ilusión, exhibiendo una cálida sonrisa, abierta y confiada, en la que se traslucía
la alegría y la esperanza con las que estaban dispuestos a comenzar a vivir
las tradicionales fiestas navideñas.
Entonces percibí en el brillo picaresco de sus ojos un indicio, más que seguro,
de que venían a sacarme de mi confortable descanso para proponerme que
empezara a contarles, como días atrás les había prometido para cuando
comenzaran las vacaciones, el desarrollo del plan de salvación de Dios para los
hombres.
En realidad, todo había empezado varios años atrás cuando, siendo todavía
muy pequeños, me pedían que les contase “esos cuentos tan bonitos que yo
sabía”.
Recuerdo con especial nitidez aquella lejana tarde en que Rufo, con su desenfado
habitual, se adelantó a su hermana, que normalmente le seguía como si
fuera su sombra, y me disparó la siguiente pregunta:
—Abuelo, si Dios existía cuando no había nada, se aburriría como una ostra,
¿no?
—Pues verás, me parece que te equivocas —le dije mientras les invitaba a sentarse
con un ademán—. Es cierto que hace muchísimo tiempo no había ninguna
cosa; ni siquiera existía el tiempo. Únicamente estaba Dios porque es eterno,
no tiene ni principio ni fin. Dios era muy feliz y no necesitaba de ninguna
cosa.
—¿Tampoco necesitaba que alguien le quisiera? —terció Celia que escuchaba
con gran atención.
—Pues veréis: la clave está en que Dios es un solo Dios, pero al mismo tiempo
Dios es tres personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y entre esas tres personas
hay una vida de amor enorme. Parece una cosa muy rara y no se entiende,
¿verdad?
—Pues sí, porque eso de ser uno y tres al mismo tiempo suena raro —contestó
Rufo, que no paraba de moverse.
—Claro —continué–, no se entiende porque es
un misterio, pero eso no quiere decir que no sea
verdad. Es como si a uno que ha nacido ciego le
quieres explicar cómo son los colores. No entenderá
nada porque nunca los ha visto. Pero aunque
él diga que no existen porque no los ve, los colores
sí existen. Pues eso pasa con Dios. Cuando
vayamos al cielo todo se aclarará.
—¡Huy, es verdad! —se asombró Celia.
—Para que entendáis un poquito eso de un solo
Dios y tres personas distintas, os voy a poner un
ejemplo.
Al llegar a este punto, habían acabado por dejar
sus sillas, acomodándose en el suelo con las piernas
cruzadas y sus limpias miradas atentas a mis
palabras.
—Veréis: imaginaos un árbol
muy gordo que tenga
un tronco fuerte y
bien derecho.
Imaginaos también que de ese tronco salen tres
ramas muy robustas que tienen muchísimas
hojas y flores que se mezclan entre ellas. ¿Os lo
habéis imaginado ya?
—Sí —contestaron ambos a coro.
—Pues bien –continué–, todo ese árbol lo podemos
comparar con Dios. El tronco es uno y las
ramas son tres. Todas esas hojas y flores que se
juntan arriba son el amor que une a las tres ramas
y a todo el árbol. O sea, que el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo, tres personas que son un solo Dios,
se aman muchísimo y por eso son tan felices que
no necesitan de nada más que de ellos mismos.
¿Os hacéis una idea?
—Ahora entiendo que Dios sea feliz sin necesitar
de nada. Pero entonces, ¿para qué creó el
mundo? —apuntó en buena lógica Rufo.
—Oye; es que no siempre se hacen las
cosas egoístamente —intervino Celia-
-. Seguramente quería crear a
otros seres para que también
fueran felices.
—Así es Celia —le dije sorprendido por su agudeza–. Dios, que no
necesitaba nada para pasárselo muy bien, era tan feliz que tuvo una
idea estupenda. Pensó: “Voy a crear un mundo fantástico, precioso,
lleno de cosas buenas. En ese paraíso voy a poner al hombre, al que voy
a hacer parecido a Mí, para que sea capaz de amar y pueda disfrutar de
todas esas cosas tan buenas que le voy a dar”. Se le ocurrió una idea
muy buena que seguro que a ninguno de nosotros se nos hubiera
ocurrido. Fijaos: Puso en un puntito pequeñísimo, insignificante, toda la
materia que forman las cosas del universo.
—¡Ahí va! —exclamaron otra vez los dos hermanos a coro.
—¡Ah! ¿Os extraña? ¿Os parece imposible? —pregunté a mi vez–.Pues
no lo es, porque para Dios nada es imposible.
—Entonces, ¿qué ocurrió después? Pues que en ese mismo instante en
el que Dios hizo la materia, todo fue como cuando vosotros vais en el
Metro con mucha gente que os aprietan por todas partes y en un
momento se abren las puertas. Todos salen de golpe, alejándose y veis
que se puede respirar mejor. Pues igualmente, la materia de ese puntito
estalló como una bomba y cada trocito se fue alejando de los
demás a toda velocidad. Iban todos los pedacitos tan deprisa
que a veces chocaban unos con otros y, si no se gustaban
salían rebotados, pero si se gustaban se unían entre sí
y formaban una cosa distinta. Poco a poco, con
esas uniones, fueron apareciendo todas las
cosas que conocéis.
Celia y Rufo se miraron entre asombrados y pensativos.
Enseguida me animaron a continuar.
—Sigue, abuelo.
Entonces, decidí entroncar mi narración con el relato bíblico.
Todo esto que Dios hizo lo cuenta la Biblia de una manera
muy bonita porque, cuando se escribió, los sabios
no habían descubierto lo del primer puntito. Lo
importante que quiere decir la Biblia, y que es
verdad, es que Dios hizo todas las cosas, que le
gustaron mucho y le parecieron muy buenas.
—¡Qué listo es Dios! —comentó con asombrada inocencia
Rufo.
Sonreí ante la sorpresa que denotaba su comentario y, como se estaba
haciendo demasiado tarde, di por finalizada la charla y les emplacé
para el día siguiente.

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