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Una sola ambición 

No es fácil ver a un hombre sin ambiciones, como tampoco lo es ver un campo abandonado sin piedras o sin abrojos. Efectivamente, nos estamos trasladando a la parábola del sembrador (Mt 13,18-23). La tierra que no ha sido debidamente trabajada, no puede dar cabida a la Palabra con la suficiente holgura para que dé su fruto. Al hablar de tierra y de fruto me estoy refiriendo al alma.  La tierra sin piedras ni abrojos no se da por casualidad; es una tierra trabajada, es como el alma cuando escoge. De hecho, Jesús habla del alma que desiste de la Palabra a causa de las persecuciones y tribulaciones, a las que compara con el pedregal; o a causa de las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas, a las que llama abrojos. Todo ello lo vemos en la parábola del sembrador que ya hemos citado. La tierra, el alma, tiene que escoger entre otras ambiciones y una Única Ambición: su propia divinidad. Este es el fruto que da la Palabra, como dice el apóstol Pedro: “Habéis sido reengendrados de un germen no corruptible, sino incorruptible, por medio de la Palabra de Dios viva y permanente”   (1P 1,23).

Manzano o árboles silvestres, Ambición o ambiciones o, mejor dicho, ambicioncillas… nadie puede escoger por ti. Si así fuera sufrirías la más brutal de las violaciones, la del espacio divino de tu corazón. Ni siquiera Dios puede entrar en él si no es por previa invitación tuya.

Volvemos al susurro de nuestro hombre orante. Ha combatido y ha vencido. Es más, nos parece verle degustando en el paladar de su alma su victoria. Oigámosle: “No pretendo grandezas que superan mi capacidad, ni prodigios que me vienen anchos”. Ni pretende grandezas ni nadie se las va a dar pues se ha hecho pequeño a los ojos de los hombres. No cuentan con él. Cuenta demasiado para Dios como para que alguien se fije en él. La verdad es que tampoco le importa mucho, en realidad le importa nada. Por más que los hombres se esfuercen en doblar su cabeza hacia el suelo, Dios se la realza, como dice otro amigo suyo que hace la misma experiencia: “Mas tú, Dios mío, escudo que me ciñes, mi gloria, tú realzas mi cabeza” (Sal 3,4).

Feliz pasa este hombre por el mundo sin otra capacidad y grandeza que la de haber encontrado, al igual que la esposa del Cantar de los Cantares, al “Amor de su alma” (Ct 3,4). Feliz y gozoso recorría Pablo todo el mundo romano y griego al cambiar toda su capacidad y grandeza por una sola: Jesús y la misión que le había confiado. Tan colmado estaba su corazón y todo su ser que hasta nos lo dejó escrito de su propio puño y letra como testamento preciosísimo: “Doy gracias a Cristo Jesús que se fió de mí, me hizo capaz y me confió este ministerio” –anunciar el Evangelio- (1Tm 1,12).

Olvidado de sí y de todo, quedó Pablo ante Jesús y su Santo Evangelio. Olvidado de sí y de todo, como admirablemente diría después san Juan de la Cruz al hacernos partícipes de su experiencia de Dios tras pasar por su  valle de tinieblas. Noche oscura, la llama él. Oigámosle: “Quedéme y olvidéme, el rostro recliné sobre el Amado, cesó todo y dejéme dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado”.

Olvidando todo, ambiciones y seducciones; también Pablo, imitando a la esposa del Cantar de los Cantares, pone todo su ser en tensión con el único fin de alcanzar a Jesucristo: “No creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús” (Fl 3,13-14).

De eso se trata, de olvidarse de todo aquello que no es Dios o que a Él no te lleva. Es un olvidar que tiene la connotación de desatar. Un olvidar radical al que es exhortada la esposa de la que se hace mención en el salmo 45. Se le está dando, por así decirlo, la fórmula, el secreto, por el que podrá cautivar al rey…; se prendará de su belleza, en definitiva, se rendirá a sus pies. He aquí el secreto de tal hechizo: “Escucha, hija, mira y pon atento el oído, olvida tu pueblo y la casa de tu padre, y el rey se prendará de tu belleza”.

El apasionamiento es total, no es una historia de amor. Es la Historia de Amor por excelencia. Todo un Dios que se rinde ante todo aquel que sabe escogerle. Es la seducción que la fe del hombre, de todo aquel que alcanza el discipulado, provoca en Dios.

Olvida tu pueblo y tu casa paterna, oyó decir esta novia. Es lo mismo que escuchó Abrahán (Gn 12,1). Sal, desátate de todo y camina sobre la alfombra de mi Palabra… ¡Engrandeceré tu nombre! (Gn 12,2). Y en este mismo contexto oímos a Jesús: Olvídate, desátate de tu madre, padre, hijos, hijas, hermanos… para poder alcanzar el discipulado (Lc 14,25-26).

Olvidado de todo menos de Dios y su voluntad; desatado de todo menos de Dios y la misión confiada, el discípulo aprende lo que sólo Dios puede enseñar: a descansar en Él. Esto es lo que anuncia nuestro salmista. Descansa en Dios como un niño destetado en el regazo de su madre. Ha quemado sus ambiciones. Al hacerlo, se dio cuenta, con un poco de sorna, que no eran más que castillos en el aire, por lo que se alegró enormemente. Quemó también sus supuestas grandezas, y pudo asimismo comprobar, con auténtica rechifla, que no eran más que globos sonda. Por último se centró en una sola capacidad: amar a Dios con todo su corazón y con toda su alma y con todas sus fuerzas… Oigamos en qué situación quedó: “Mantengo mi alma en paz y silencio como un niño destetado en el regazo de su madre”.

Como un niño destetado. Dios, cuya Palabra es leche y miel, alimenta a los suyos y les enseña a descansar. Esto es lo único que ningún hombre puede enseñar a otro. Se puede enseñar de todo; para eso están las ciencias que evolucionan más y más. Pero para descansar en Dios, solo hay un Maestro: Él mismo.

Si un ser humano tuviese el poder de enseñar a descansar así, sería el dueño del mundo. Porque llega un momento en que todo hombre sería capaz de dar o dejar todo lo que tiene, para dejarse caer en el regazo de Dios… aunque niegue su existencia. Como nos dice Jhon Stuart, “Se puede negar la existencia de Dios pero no la imperiosa necesidad de vivir eternamente”. Podemos seccionarnos un brazo o una pierna, pero no podemos arrancar las semillas de eternidad de las que somos portadores. Ahí están en nuestro ser, huidizas e inasibles a todo intento de manipulación o destierro.

 Antonio Pavía

Responder a Una sola ambición

  1. Raquel

    Gracias por tus reflexiones ,que me ayudan en mi caminar.Que me hacen entender mejor la Palabra.Gracias Señor por enviarnos pastores según tu corazón.

     

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