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UNA VIDA DE ESCÁNDALO 
26 de Agosto
Por Manuel Requena

Muchos de sus discípulos, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?». Sabiendo Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os escandaliza?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y, con todo, hay algunos de entre vosotros que no creen». Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede». Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.
Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?». Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (San Juan 6, 60-69).

COMENTARIO

El capítulo 6 de San Juan plantea claramente la diferencia entre el mundo de la carne y el del Espíritu. Lo que llamamos realidad en el mundo sensible, sólo es signo y reflejo de la realidad virtual (“virtus”, fuerza y energía), del Espíritu. Incluso en funciones tan simples y primarias en nuestra dimensión humana como el comer o beber, necesarias para vivir aquí, en el mundo Espiritual hay que comer y beber de la “carne y sangre del Verbo”, dicho con palabras humanas, que tampoco lo explican del todo. Solo lo entienden y siguen aquellos a los que el Padre se lo da en el ser nuevo que su conoce por la fe, la confianza absoluta.

Tras la multiplicación de unos cuantos panes y peces, suficientes solo para comer  doce o quince personas, con la sola Palabra de bendición y la fuerza de sus manos partiendo y repartiendo, llegaron a comer unos cinco mil hasta saciarse del pan de este mundo, y aunque fuera multiplicado por la Palabra de Dios de una forma y realidad que aún no conocemos en nuestra ciencia, y por eso llamamos milagro, no les pareció mal a nadie. Primó la razón del estómago sobre la del Espíritu: “Me buscáis no porque habéis visto señales, sino porque os habéis saciado” (Jn 6,26)

La Palabra, como verdad de su Verdad, y la realidad virtual que ella crea en el “mundo de la carne”, que empieza a contemplar la ciencia humana, y en la que los universos paralelos hoy ya no nos parecen tan chocantes,   “in illo tempore”, era escandalizador. Por eso muchos seguidores encantados de comer y beber gratis solo llegaron hasta saciarse, pero en cuanto había que entender aquello como un signo del Reino donde la comida es «la carne del hijo del hombre, y la bebida su sangre», lo dejaron plantado.

Y aún hoy la palabra de Jesús es dura para muchos, y siempre surgirán críticas y abandonos. Para creer y conocer a Dios en Jesús el hombre, como su más alta realidad asequible a nosotros, es necesario conocer y aceptar su Palabra como Palabra dicha en el Espíritu, nacida en y para la vida eterna en ese “lugar” donde Él está. Su realidad es perceptible también por los sentidos como palabra humana que da la vida, porque la lleva en sí misma. Es la esencia del Evangelio.

No se trata de que esto es así porque yo lo digo, que sería el método de subordinar a los demás en cualquier autoritarismo, sino de la presencia creativa de Aquel que Ezequiel llamó, “Lo que digo, lo hago”, o lo que digo se hace, porque mi Palabra es la realidad misma que sustenta todas las cosas, y esa es la Verdad.

El universo que conocemos, comenzó a existir —desde la realidad religiosa que contemplamos en la Escritura, y provoca nuestra fe— porque alguien dijo “hágase”, y quedó haciéndose. “Alguien” que amaba su creación, su obra, y quedó satisfecha de ella. Dios dijo entonces al hombre: «comerás el pan con el sudor de tu frente», y ahora, en el gesto de Jesús al partir el pan, ese mismo Dios da de comer gratis, pero sigue igual su exigencia de la fe, de la obediencia, para entender algo, aunque solo sea la experiencia de estar alimentados.

Con el pan de la vida, como signo cumbre de Jesús, para hacernos participar de su muerte y resurrección, sucede algo así. El capítulo 17 de S. Juan es la consecuencia y explicación del capítulo 6 que hoy leemos. “ya he realizado todo lo que me mandaste…”, y lo que había realizado en ese momento era la institución de la eucaristía en la última cena. La llamada oración sacerdotal (Jn 17) fue la acción de gracias para que los discípulos que habían seguido siendo fieles desde aquel escándalo, (“el que come mi carne…, que es la comida de la Verdad), conocieran el verdadero sentido de la inhabitación que produce la Eucaristía.

Estando aquí en la fe, y sabiendo que es el Padre el que me ha traído hasta aquí, yo tampoco pienso marcharme de esta Eucaristía. ¿Dónde iría que explicasen la vida en la Palabra?

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