Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, agosto 19, 2019
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Una zarza ardiendo 

“El Ángel de Yahvé se le apareció en forma de llama de juego, en medio de una zarza. Vio que la zarza estaba ardiendo, pero que la zarza no se consumía. Dijo, pues, Moisés: Voy a acercarme para ver este extraño caso: por qué no se consume la zarza” (Ex 3.2-3).

Así pues. Moisés llega hasta el Horeb y ve una zarza que está ardiendo. Hasta ahí todo relativamente normal. Que un matojo de hierbas, un arbusto, una zarza. arda en el desierto con los calores extremos que se pueden llegar a dar, podría ser al menos relativamente normal. Sin embargo. hay algo que llama fuertemente la atención de este hombre, para quien los parajes que hacen parte de su hábitat natural no guardan secretos. Conoce todo los recodos y planicies como la palma de su mano: hay, sin embargo, algo en la zarza que arde que escapa a su experiencia y comprensión.

Resulta que cuando creía saber todo lo relativo a su entorno como si fueran sus dominios, se da de bruces con un acontecimiento que no entra en los parámetros de su comprensión; mira una y otra vez hacia la zarza y ésta no deja de arder, y, sin embargo. no se consume. Eso ya no es normal. Intuye que está ante un hecho extraordinariamente inusual, de ahí su decisión: ‘Voy a acercarme para ver por qué no se consume la zarza”.

Antes de seguir adelante, conviene ver catequéticamente otro hecho extraordinario que, por supuesto, es también intervención de Dios y que tiene que ver con otra zarza. En este caso, el testigo del acontecimiento fue Abrahán. Nos conviene examinar detenidamente lo que pasó con esta otra zarza porque las catequesis que Dios nos da por medio de ellas se complementan.

Volvemos hacia atrás en la historia y nos remontamos, pues, hasta Abrahán que, como sabemos, es llamado el padre de Israel. Así se lo hacen notar los judíos a Jesús en una de sus muchas discusiones: “¿Eres tú acaso más grande que nuestro padre Abrahán. que murió? También los profetas murieron. ¿Por quién te tienes a ti mismo?” (Jn 8,53).

La aparición de la zarza a la que estoy haciendo alusión ocurre en el contexto del sacrificio de Abrahán que todos conocemos. Recordemos que Dios habló a Abrahán y le dijo: Toma a tu hijo. a tu único, al que amas, a Isaac, vete al país de Mona y ofrécelo allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga” (Gn 22,2).

No vamos ahora a extendernos en las mil y una catequesis que emanan de este texto. en el que el punto fundamental es que Dios quiso probar la fe de Abrahán. No nos extendemos. pues, pero sí nos vamos a fijar en un aspecto catequético que es el que nos interesa en nuestro contexto. Este punto nos señala que el carnero que sustituye a Isaac en el sacrificio no apareció ahí por casualidad; como tampoco es casualidad que se nos dice que había quedado trabado a unas zarzas al pie de donde Isaac iba a ser sacrificado:

Levantó Abrahán los ojos, miró y vio un carnero trabado en un zarzal por los cuernos. Fue Abrahán, tomó el carnero, y lo sacrificó en holocausto en lugar de su hijo” (Gn 22,13).

La connotación catequética es tan evidente como sublime, Su semejanza  con la zarza ardiente que vio Moisés al pie del monte Horeb es perentoria. Toda ella nos habla de la acción salvífica de Dios en favor de Israel y del hombre.

La zarza simboliza nuestra debilidad. De hecho no es más que un arbusto espinoso de muy escasa utilidad. Lo que nos deja boquiabiertos es que Dios se hace cargo de la zarza que vio Moisés, y que ésta es la causa por la cual no se consume. Es Dios quien se hace cargo de nuestra debilidad, y no sólo no nos destruye sino que nos llena con su divinidad. Es la debilidad habitada que se eleva hasta su propia altura. como dirán frecuentemente los padres de la Iglesia con expresiones tan felices como: “Dios se hizo hombre para que el hombre llegue a ser Dios”.

En el contexto de la zarza ardiente, lo podríamos traducir así: El Fuego se hizo zarza para que la zarza pudiera llegar a ser Fuego. Esto es lo que podríamos entrever en el hecho que suscitó la, primero curiosidad, y después admiración de Moisés. Por más que ardía y ardía, la zarza no se consumía, permanecía intacta. Tan impresionado quedó que se dijo a sí mismo: “Voy a acercarme para ver este extraño caso…’

La relación entre este hecho y el otro del que fue testigo Abrahán. lo vemos a continuación. El camero que sustituye a Isaac en el sacrificio, es imagen y figura de Jesucristo crucificado: El Cordero inocente que sustituye al hombre culpable. Abrahán ve al cordero trabado por sus cuernos en un zarzal. Se repite la imagen: Dios, cuya fuerza está representada por los cuernos del carnero, “se enreda” en la zarza. En su amor, se dejó vencer por nuestra debilidad. Esto es lo que nos reflejan catequéticamente ambos acontecimientos en los que una zarza juega un papel relevante.

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