Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|domingo, septiembre 22, 2019
  • Siguenos!

Única es mi amada 

“Sesenta son las reinas, ochenta las concubinas, e innumerables las doncellas. Única es mi paloma, mi perfecta…”  (Ct 6,8-9).

A la luz del Cantar de los Cantares me surge la reflexión de que una de las mayores penurias del hombre, una de sus mayores carencias, es la de no llegar a enriquecer su sensibilidad con la apreciación tan sublime, y también tan real, de la belleza de Dios. Es tal su grandiosidad que nos dirigimos a ella con el epíteto de La Belleza, sin más.

La pobreza del ser humano que no ha sido alcanzado por esta Belleza es de tales dimensiones que me atrevo a decir que es un ser inacabado. Es como si su riquísima sensibilidad ante todo lo que es de por sí bello, sublime, artístico, se haya quedado a medio camino, algo así como bloqueado y paralizado en el intento.

El texto del Poema de los poemas que encabeza este capítulo ilumina lo que estamos argumentando. Es un pasaje que se entiende a la luz de las cortes regias del Oriente. Este dato hay que tenerlo muy en cuenta para apreciar mejor la grandeza, y también originalidad, de la elección que hace este rey que, como sabemos, personifica a Dios.

Reparemos en el contraste brutal entre la poligamia traducida en los harenes  —auténtico título de propiedad entre aquellos reyes orientales donde se encuadra este pasaje— y la sorprendente, por inusual, elección que uno de ellos hace por una sola esposa. Su delicadísima preferencia excluyente no deja lugar a dudas. Aunque el harén que le podría corresponder llegase a tener sesenta reinas y hasta ochenta concubinas, su corazón se entrega solamente por completo a una mujer a la que llama mi paloma, mi perfecta. Incluso considera que es un lirio entre las espinas, tal y como se expresa en otro pasaje del mismo libro: “Como el lirio entre las espinas, así es mi amada entre las doncellas” (Ct 2,2).

Nos podríamos preguntar qué belleza destaca y se eleva con voz propia en esta relación esposo-esposa, Dios-alma. ¿Tan bella es la esposa para que su pretendiente haga una relación tan sorprendente, tan original, rompiendo así las costumbres de la cultura oriental de aquellos tiempos? Quizá sería mejor decir que es el amor exclusivo e incondicional del Esposo lo que en realidad hace bella y única a la esposa. Es un amor, sin duda, a todas luces desconocido, que viene de lo alto y que consigue sacar lo mejor de ella. Nos encontramos ante una realidad que nos sobrepasa y que vamos a intentar exponer, eso sí, con la indigencia y el tartamudeo propios de quien se adentra en el Misterio.

Dios, que es Amor y Belleza por antonomasia, se vuelca en el alma sacando a la luz toda su grandeza, dignidad y majestad. Dios puede hacer esto con su esposa ya que fueron sus mismas manos las que dibujaron en ella todas estas potencialidades.

En el colmo del atrevimiento, nos disponemos a interpretar alegóricamente la parábola de Jesús sobre el mercader de perlas preciosas. El atrevimiento consiste en que damos a Dios el papel del mercader. Le vemos acercarse a una exposición internacional de gemas valiosísimas. Busca minuciosamente entre los numerosos stands hasta que encuentra una que realmente colma su corazón y sus deseos: ¡Tú! Sí, tú eres la perla buscada con tanto ahínco, tanto que se encarnó para poder encontrarte. Tú eres esa perla aunque te cueste creerlo. Única es tu alma para Él. Si acaso nos parece estar soñando o nos parece una exageración, e incluso algo ridículo, tengamos en cuenta lo que dice el apóstol Pedro: “Hemos sido comprados por Jesucristo con su sangre” (1P 1,18-19).

Por supuesto que Jesús propone esta parábola refiriéndola al hombre que busca a Dios y que, al encontrarlo, vende todo lo que tiene para adquirirlo (Mt 13,45-46). Pero nos hemos servido de lo que los exegetas, intérpretes de la Escritura, llaman la interpolación del texto. Según esta, hemos dado a Dios el papel del mercader. No es aventurada la interpolación, porque en realidad es Él con su Encarnación quien toma la iniciativa de encontrarse con el hombre. Cada vez que acontece un encuentro, el alma se siente amada, pretendida y hasta subyugada por la experiencia de un amor único y exclusivo que la deja sin palabras y, por momentos, casi sin reacción: ¡Todo un Dios solo para ella!

Antonio Pavía

Añadir comentario