Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|lunes, noviembre 18, 2019
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¡Vaya arquitectos! 

El paso de Pablo es realmente espectacular, como lo es todo paso trascendental en la fe. Tengamos en cuenta que se fía de lo que no es en absoluto fiable para nadie de su entorno. Recordemos que Jesús fue la piedra angular rechazada por los constructores (Mt 22,42).

Cuando unos arquitectos desechan una piedra para los cimientos de un edificio es porque ésta presenta deficiencias, anormalidades, fragilidad… es decir, no es de fiar para sostener la construcción proyectada. La fe que agrada a Dios es ésta: fiarse de la piedra de la que nadie se fía para construir su vida. De esta piedra inservible y desechada se fía Pablo, es decir, del Jesús desechado, tal y como habían profetizado los salmos: “Los que me ven en la calle huyen lejos de mí; estoy dejado de la memoria como un muerto, como un objeto de desecho” (Sl 31,12-13).

Apoyarse en esta piedra y suscitar el escándalo cuando no la burla, fue todo al unísono en la vida de Pablo. Todo lo que constituía su existencia se volvió al revés. Su vida, hasta entonces simplona y virtualmente tranquila, también simplona y virtualmente satisfecha y resuelta, se ve asaltada y azotada por vientos y tempestades que no puede en absoluto controlar. Acaba de entra en el discipulado (Mt 14,22-24).

Es en estas situaciones cuando al discípulo le es dado, por imposible que parezca, abarcar o, más bien, palpar, con ilimitado asombro, con las pobres manos de su alma, el Misterio. Misterio que, en cuanto tal, no tiene nombre ni forma ni figura; pero sí lo tiene para el discípulo que, empujado e impulsado por la fuerza y vitalidad de la Palabra, se ha adentrado en el mar para constatar por sí mismo si Dios es sólo una idea, una necesidad psicológica, una costumbre, una tradición cultural… o Alguien bien definido.

El discípulo entra entonces en la experiencia mesiánica de Dios como Padre. Repetimos que sólo puede entrar en ella cuando, al igual que Pablo, no tiene ya nada que perder. Desvelamos esta experiencia a la luz de una de las innumerables profecías mesiánicas que encontramos en los salmos, en este caso el 89. Lo interpretamos a la luz de la gracia de la Encarnación, lo cual quiere decir que lo que se profetiza acerca de Jesucristo, se profetiza también acerca de cada discípulo suyo.

La profecía acerca de Jesús es clarísima. Abrazado en cuerpo y alma a la misión confiada por el Padre, éste dice acerca de su Hijo: “Mi lealtad y mi amor irán con él, por mi nombre se exaltará su frente; pondré su mano sobre el mar, su derecha sobre los ríos. Él me invocará: ¡Tú, mi Padre, mi Dios y roca de mi salvación!” (Sl 89,25-27).

Levantado en la cruz, los gritos ensordecedores, las burlas y desprecios en complicidad con las tinieblas, se alzan como auténticos monstruos marinos sobre el Hijo que se ha fiado del Padre. Todo ello es como un resonar de los cantos victoriosos del príncipe del mal (Jn 14,30) con sus coros, sus voces polifónicas. He ahí la melodía, ininterrumpida hasta hoy, de los tibios, los mediocres, los que no quieren perder lo suyo. En el Calvario todo es una burda fiesta, hasta que se eleva imponente la aclamación victoriosa del crucificado tal y como profetizó el salmista: ¡Tú mi Padre, mi Roca salvadora! Que en la boca del crucificado se tradujo así: “Padre, en tus manos –allí donde el mal no tiene cabida ni poder- ¡encomiendo mi espíritu!” (Lc 23,46).

Tú, mi Padre, repite el discípulo cada vez que en medio de la tempestad le es dado palpar y hasta abrazarse al Misterio. Tú, continúa diciendo el discípulo al Señor Jesús, eres mi roca de salvación, mi piedra angular, la misma que ha sido desechada sistemáticamente de generación en generación por los sabios e inteligentes (Mt 11,25), porque en realidad nunca quisieron perder grandes cosas por ti. Tú, mi piedra angular, haces que cada uno de mis gestos o palabras sean un signo visible ante los hombres de que existe la vida eterna.

“Sé de quién me he fiado”. Así hemos empezado esta catequesis y así la concluimos. Tan solo añadimos algo que muy bien podría haber dicho Pablo y que es patrimonio común de cada discípulo del Señor Jesús: Sé de quién me he fiado, de quién me fío y de quién seguiré fiándome.

Antonio Pavía.

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