Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, noviembre 27, 2020
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Ven y sígueme, no esperes más 

«En aquel tiempo, cuando salta Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”. Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre”. Él replicó: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño”. Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”. A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!”. Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: “Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le  es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios. Ellos se espantaron y comentaban: -«Entonces, ¿quién puede salvarse?”. Jesús se les quedó mirando y les dijo: “Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo”». (Mc 10, 17-27)

 

 


 

Ayer, mientras esperaba que cambiara el semáforo, presencié una procesión espeluznante hacia la parroquia del barrio.

Primero una chiquilla vestida de primera comunión; acto seguido y a un paso , la madre, luciendo un generoso escote y un no tan generoso largo de falda; a ambos lados amiguitos entregándole a la chiquilla, precozmente unos regalos. Tras esta avanzadilla, el padre tirándole infructuosamente  de la falda a la madre. Finalmente, dos hermanos ensimismados cada uno con su móvil de última generación. Preguntareis, ¿y qué tiene todo esto que ver con el Evangelio de hoy?

Haciendo un paréntesis podríamos pensar que aquel joven era rico, y que Jesús se refiere a los adinerados, nosotros, y con la crisis que hay, cada vez nos alejamos más de ese perfil. Ahora, ¡qué verdad es! Gracias, Señor, por la precariedad, podrían concluir los más piadosos.

Pero queridos, ¿no es quizá de la precariedad de espíritu de la que nos habla  Jesús? Porque precariedad no es solo la económica; precariedad también, y sobre todo, es reconocer a diario que “yo no soy”, que nada bueno puedo hacer  si no eres Tú, Señor quien lo hace. Que allí donde tengo puesto mi corazón está mi tesoro (sí, como Smeagol).

Cerrando el paréntesis, en el cortejo al que he aludido al principio del comentario,  el atisbo de lo que es comunión con Cristo Jesús cada vez se enturbia más con los adornos y regalos. La chiquilla es la única que ha ido a las catequesis; la madre, se preocupa sobre todo por como va vestida la niña y por supuesto ella, que en  un intento  de no reconocer que el tiempo pasa, trata de “lucir” lo que un día fue y cada día es menos de lo que fue. El marido intenta reservar lo que debería ser uno con él, que intuye pero no acierta a concretar y ello le frustra; los hermanos,  ajenos a todo, aislados del mundanal ruido, tratan de expresarse en no más de 140 caracteres, probablemente  de poca o ninguna trascendencia, con alguien que verán dentro de una hora o que puede que ni conozcan.

¿Dónde está tu tesoro? ¿A quién en rindes pleitesía?  Porque Dios es aquí el gran ausente. ¿A quién, dime?  ¿Al ser? ¿A tu cuerpo? ¿A tu novio? ¿A tu esposa? ¿A la apariencia, hija del qué dirán? ¿A la adicción a las redes sociales? …

En mitad de todo esto, Jesús se nos queda mirando con cariño infinito, y sigue diciendo: “Anda,  vende todo esto … y sígueme”. Porque Dios todo lo puede.

Juan M. Balmes

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