Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, junio 19, 2019
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Venid a la boda 

«En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: ‘Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda’. Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: ‘La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda’. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?’. El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: ‘Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes’. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”». (Mt 22,1-14)

Victoria Serrano

“Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios”, nos dice el Señor, y en verdad su amor no tiene límites. Hagamos lo que hagamos: desplantes, infidelidades, desprecios… Dios sigue llamando. Aquí está la prueba.

Jesús se encuentra en el templo con los sumos sacerdotes y los ancianos, quienes no le disimulaban su animadversión. Pero Él, siempre misericordioso y dispuesto al perdón, se dirige con afecto y les ofrece su amistad. De nuevo recurre a las parábolas para que su mensaje sea claramente entendido y encarnado en el corazón humano. En esta ocasión, como hace en otras tantas, alude a varios elementos bien conocidos por sus contemporáneos: un rey poderoso, una boda y un banquete, imágenes que describen el Reino de los cielos, del que hablaban los profetas.

Pero cuando uno lee este pasaje, no puede por menos sorprenderse de la ralea de los invitados. Se supone que la alegría de cualquier celebración festiva se desea compartir con gente cercana y afín, es decir, familiares, buenos amigos, compañeros… y máxime cuando se trata de las bodas de un hijo. Entonces, ¿a qué viene tanta ofensa por parte de los convidados? ¿A son de qué esos malos modos?

El rey usa de paciencia y son varias las oportunidades que concede a los invitados, pero los ultrajes llegan a un punto, como ocurría también en la parábola de los viñadores homicidas, que ya no se puede consentir; las excusas ridículas y la violencia vertida sobre los mensajeros, llegando incluso a matarlos, no tienen justificación. Y el soberano manda entonces ofrecer su invitación a otros convidados, puede que no tan distinguidos sino más bien marginados, harapientos desarrapados, pero agradecidos. Y es que la invitación está abierta a todos.

Es evidente que Jesús pretende hacer ver a los judíos que el pueblo elegido desprecia la salvación, también ofrecida a los gentiles. Este es el drama de Israel pero también es una imagen de nuestra historia personal. ¡Cuántas veces despreciamos la gracia que con tanto amor y paciencia pretende Dios derramar en nosotros!

El mensaje de la Buena Nueva es universal, sea cual sea nuestro historial o pedigrí. No se nos pide nada a cambio, únicamente acudir al banquete con el traje de fiesta, es decir, revestidos del hombre nuevo. Aquel que no se vistió adecuadamente es porque no concedió a la invitación la importancia que requería y acudió ataviado con sus ropajes de hombre viejo. Por eso no mereció ocupar su asiento.

Como leí en cierta ocasión, Dios no rechaza a nadie pero no violenta voluntades; nos deja siempre libres. ¡Señor, no permitas que el afán de la vida nos ofusque de tal manera que despreciemos tu elección sobre nosotros!

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