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Vio y creyó 
27 de diciembre
Por Ernesto Juliá

«El primer día de la semana, María Magdalena echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó». (Jn 20,2-8)


Acabamos de celebrar, unidos al gozo de los Ángeles en el Cielo y a la alegría de toda la Iglesia, el Nacimiento del Hijo de Dios en la tierra: el Niño Jesús. Lo hemos visto en cuerpo mortal recostado y dormido, en los brazos de su Madre, Santa María.

Hoy, el Evangelio nos invita a entrar en el nuevo Portal de Belén: el sepulcro donde depositaron el cuerpo muerto del Señor. El sepulcro del que sale la Luz que deshace la obscuridad del mundo, la Luz que vence el pecado y la muerte.

Al contemplar el sepulcro vacío, con Pedro, Juan y la Magdalena, comienza también para nosotros, como les ocurrió a ellos, la preparación del corazón y del alma, para que veamos también nosotros a Cristo Resucitado.

María Magdalena es una enseñanza, y un ejemplo para todos los cristianos, y nos invita a ir al sepulcro con ella, como aquel día invitó a Pedro y a Juan. Ella fue la primera persona en acercarse al sepulcro. Sabía que una gran piedra le impedía la entrada, pero no dudó en ponerse en marcha: el amor a Cristo movió su corazón y su alma para seguir queriendo manifestar su caridad a Cristo, embalsamando su cadáver.

No encontró el cadáver, y sin saberlo se convirtió en “apóstol de Apóstoles”. Anunció a Pedro, el primer Papa —“Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”— y Pedro y Juan, llenos todavía de temor por la muerte de Cristo, la siguieron. Juan tuvo la delicadeza de dejar entrar primero a Pedro en el sepulcro. Creyeron y vieron lo que la Magdalena les había dicho. Pasaría poco tiempo en aquel día de la Resurrección, para que la Magdalena, Pedro y Juan, además del sepulcro vacío, vieran con sus ojos a Cristo Resucitado.

¿Por qué Pedro y Juan fueron los primeros apóstoles en ir al sepulcro? Pedro, porque había recibido el encargo del Señor de “fortalecer la fe de sus hermanos”. Es la misión del Papa. Y esta ida al sepulcro prepara sus ojos para ver al Señor Resucitado horas después con los demás apóstoles. Este testigo de la fe que ya la había manifestado al decir a Cristo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”, recibe hoy la fuerza y la fortaleza de la fe de una mujer que busca al Señor. Y con su fe, enseñó a Pedro, y enseña a los Papas que le han seguido a lo largo de los siglos, a acercarse a Cristo con fe. Con la fe de que cualquier obstáculo que pueda encontrar la Iglesia para anunciar la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, será removido.

Juan, que acompañó a la Virgen María al pie de la Cruz; el discípulo que descansó su cabeza en el pecho del Señor durante la Última Cena; uno de los tres apóstoles escogidos por el Señor para vivir con Él la Transfiguración; el evangelista que ha dejado a la Iglesia el cuarto Evangelio, las Cartas y el Apocalipsis, testimonios vivo del Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, y del Amor de Dios Padre al hombre: “Tanto amó Dios al mundo que dio su Hijo Unigénito”, y que anunció al mundo: “Dios es amor”.

Juan, que inspirado por la misma Luz que brota del sepulcro, nos dejó escritas las palabras que leemos en la Primera Lectura:

“Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos tocando al Verbo de la Vida; porque la Vida se ha manifestado y nosotros hemos visto y testificamos y os anunciamos la vida eterna, que estaba en el Padre y se nos manifestó”.

Este testigo del Amor de Dios, del Amor de Cristo en la Cruz, recibe hoy el testimonio de amor de María Magdalena. Pedro y Juan han tenido la humildad de seguir la suave y escondida luz de Dios, que fueron las palabras de la Magdalena, y de dejarse guiar por ella hasta el sepulcro vacío. El Señor ha querido que fuera una mujer la primera persona que da testimonio público de su Resurrección. Ella fue la primera en acercarse al sepulcro.

Pedro, Juan y Magdalena nos invitan a todos nosotros a renovar nuestra fe en el Hijo de Dios hecho hombre, que nace en Belén, muere en Jerusalén, resucita, y nos acompaña en nuestro caminar terreno con los Sacramentos, alimentándonos con su Perdón: la Reconciliación, y con su Cuerpo y Sangre: la Eucaristía.

La Virgen Santa María sostuvo a Pedro en la Fe, a Juan en la Caridad, y a María Magdalena en la Esperanza de encontrar a Cristo Resucitado, de creer en Él, y de dar su vida en testimonio de la Resurrección.

La Virgen María, la primera criatura que vio y contempló a su Hijo en cuerpo mortal —y es lógico pensar que fuera también la primera que lo vio Resucitado—, nos ayude a todos a vivir estos días de Navidad con la alegría que vivieron los pastores y los magos, después de haber visto al Niño Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, dormido y abandonado en sus amorosos brazos.

“Vio y creyó”. No habían visto el cuerpo resucitado del Señor, por tanto, no habían podido creer ya en la Resurrección. Pedro y Juan creyeron las palabras de la Magdalena; y regresaron con los demás apóstoles.

Ernesto Juliá Díaz

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