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VIRGEN DEL CARMEN 

Podríamos pensar que el nombre de la Virgen del Carmen lo toma por el toponímico del Monte Carmelo. Y seguro que hay razón para ello. Los que habitaron las cuevas de aquella cordillera se llamaron carmelitas.

Pero si atendemos a lo que pasó en este monte, según los textos bíblicos, podríamos considerar que el título que se le da a la Virgen tiene que ver también con el pasaje del profeta Elías, en el que se relata la aparición de la nubecilla que trae la lluvia copiosa sobre la tierra, y que se interpreta que es imagen de la Nazarena que nos trae el don de la gracia, al dar a luz a Jesucristo.

Cabe, también, contemplar a María con el apelativo del Carmen, a la luz del acontecimiento de la muerte de los sacerdotes de Baal en el Monte Carmelo. Ella es la mujer que siempre confesó como Salvador al Dios único, la mujer fiel.

A María se la llama con muchos nombres de la naturaleza, entre ellos el de la Montaña, del Monte, del Montealejo, de Montesinos, de Almonte, de Monserrat… Con ello se indica el lugar donde se venera a Nuestra Señora, que toma el nombre según la ubicación del santuario o de la ermita.

Al invocar a María como Virgen del Carmen, si tenemos en cuenta que los cármenes en Granada son espacios íntimos ajardinados, muy hermosos, la Virgen toma entonces el nombre de los jardines. Hay muchas advocaciones marianas que dan nombre de flores a María. Dice de sí misma la esposa del Cantar de los Cantares: “Yo soy el narciso de Sarón, el lirio de los valles”. A María se la invoca también como “Virgen de las flores” y “Rosa mística”.

Pero atendiendo a la etimología del nombre que se da al monte y cordillera de Israel, El Carmel, que significa jardín de Dios, surge la resonancia del anuncio del ángel a María. Según algunos escrituristas, lo que le anuncia Gabriel a la Nazarena es que Dios quiere hacer de ella su jardín. “Huerto eres cerrado, hermana mía, novia, huerto cerrado, fuente sellada.”

Si el Monte Carmelo significa jardín de Dios, María no da el nombre al lugar, sino que el lugar le da nombre a ella, y nos revela el misterio más asombroso: Dios ha hecho en ella su espacio protegido, hermoso, colmado de gracia y de belleza, su jardín.

Al pensar en  María como jardín de Dios, descubrimos que cada uno tiene la vocación de ser Carmelo para el Señor, pues estamos invitado al amor de Dios, a ser su jardín: “Al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y vendremos a él y haremos morada en él”, y será nuestro jardín, el espacio más íntimo donde somos habitados por Dios.

En uno de sus sermones marianos más conocidos, Bernardo de Claraval habla de la Virgen: “Oh María, tu santísimo vientre y el jardín de las delicias del que nosotros cogemos con alegría la flor, que a todo el mundo difunde una multitud de dulzuras. Tú eres el hortus conclusus, oh Madre de Dios, en el que nunca entró el pecado”.

Virgen del Carmen, Jardín de Dios, por ti se levanta la espada del ángel, que cierra las puertas del Paraíso. Por ti, de nuevo, podemos habitar en el lugar más hermoso de la creación, el jardín de Dios.

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