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VIVIR EN BUSCA DE LA ETERNIDAD 
14 de Septiembre
Por Ángel Pérez Martín

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (San Juan (3,13-17).

COMENTARIO:

Hoy la Iglesia celebra la «Exaltación de la Cruz Gloriosa» y nos da la llave para entrar en esta fiesta con esta lectura sacada de la conversación que Jesús tiene con Nicodemo y que para mí ha sido clave en mi vida de fe.

La soberbia es el pecado que rompe todo tipo de relación del hombre con Dios y por lo tanto con el prójimo. Este es uno de los siete pecados capitales, denominados así no por su magnitud sino porque da origen a muchos otros pecados, según santo Tomás de Aquino. La soberbia es la que nos empuja a desear una vida terrenal, burguesa, construida con nuestras manos y nuestra inteligencia y por lo tanto limitada. Es la experiencia del pueblo de Israel en el desierto: Murmuración e idolatría —consecuencias de la soberbia—. Esto lleva al pueblo a la muerte, a un constante enfrentamiento con Moisés y por ende con Dios. El Señor que en su misericordia infinita solo quiere para el ser humano la salvación, envía a este pueblo pequeñas serpientes para hacerles ver quiénes son en realidad. Dice san Pablo a sus catecúmenos de Corinto: «El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la ley» (1Co 15, 56). Aquellas serpientes eran figura de su soberbia; el resultado: la muerte. El Señor —fiel a sí mismo— no les dejó en sus pecados, sino que les permitió vivir una «Tesuvha» (conversión real y profunda que cuando se realiza por amor saca de raíz el pecado desde su inicio, y es como si nunca hubiera pecado), de tal forma que aquel que mirara a la serpiente de bronce y creyera, quedaría salvado. Esto es lo que celebra la Iglesia hoy: Dios ha exaltado, levantado la cruz de Jesús, para que todo aquel que deje de mirarse a sí mismo y le mire a Él, pueda llevar una vida llena de satisfacción, de libertad, de plenitud; una vida vivida para la eternidad, ya que —queridos todos en el Señor— como también decía el apóstol de los gentiles a los Corintios en su primera carta: «Porque es preciso que esto que es corruptible se vista de incorrupción, y que esto que es mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: La muerte ha sido absorbida en la victoria» (1Co 15, 53-54).

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