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Vivir en soledad – La soledad en Europa 

El hombre está hecho para vivir y desarrollarse en sociedad. Un hombre realmente solitario sería un superhombre o una bestia, es decir, no sería un hombre. Desde el principio de la historia humana, el hombre ha reflexionado sobre sí mismo, y ha encontrado este carácter esencial: “el hombre es un ser social” (“zoon politikon”: Aristóteles, Platón).

Nuestras sociedades han cambiado radicalmente en muchos aspectos durante los últimos años. Muchos han sido los avances y mejoras en cuanto a desarrollo tecnológico, salud, prosperidad económica, etc. Sin embargo, a pesar de la propaganda y de la auténtica “fe del carbonero” de muchos en el progreso humano que propagan los medios de comunicación y las ideologías reinantes, en otros aspectos la situación ha empeorado bastante.

la familia tradicional, en apuros

El hombre como ser social, ha sufrido un enorme deterioro. Las sociedades donde reinaba una colaboración humana generalizada, donde las relaciones se apoyaban en redes sociales amplias y generosas, en general se han ido aislando y perdiendo esa vida social. Los medios públicos en muchos casos han venido a suplir lo que se había perdido de apoyo social, llegando sólo a los aspectos materiales. Si en nuestras sociedades actuales, prácticamente, nadie se muere de hambre o por falta de tratamiento médico, sí que hay un gran número de personas, en constante crecimiento, que viven solas, aisladas.

El principal motivo de este auténtico cáncer social es el deterioro de la familia. Si el hombre por naturaleza vive en familia, si en ella encuentra la educación, el sustento y el apoyo no sólo económico, sino sobre todo emocional y vivencial, cuando la familia deja de cumplir esas funciones, lleva a la existencia de personas aisladas y, por tanto, infelices, incapaces de realizarse como humanos, ya que el hombre por esencia está hecho para la relación, para el amor.

La familia y el matrimonio, son duramente atacados en nuestra sociedad desde hace muchos años, y estamos recogiendo los amargos frutos de tamaña locura. Primero fue la ruptura el divorcio, que si bien existía legalmente desde hace muchos años en buena parte de Europa, era un mal acotado a un número reducido (aunque creciente). Es en la década de los años sesenta y sobre todo en los setenta, cuando cuaja el cambio cultural propugnado por las diferentes ideologías emergentes (hedonismo, marxismo, nihilismo, etc.). Podríamos decir que es entonces cuando explota socialmente, extendiéndose ampliamente en la sociedad.

Como consecuencia de este cambio, la mayoría de la sociedad va perdiendo el concepto de matrimonio y de familia como bien fundamental, y va aceptando acríticamente las ideas de “libertad” (entendida como hacer lo que apetece), de no soportar ningún problema, de que el matrimonio es sólo una unión dependiente de la voluntad de las partes, etc. Esto conlleva un rápido crecimiento de las rupturas, con lo cual se refuerza culturalmente la idea de provisionalidad. Tan grande es el cambio social que hasta el Consejo de Europa hace recomendaciones a los países europeos para intentar atajar este problema (centros de apoyo, campañas de promoción, etc.).

Consecuentemente con este cambio, las familias van dejando de cumplir sus funciones, y los mayores empiezan a “molestar”, con lo que se les deja/invita a vivir solos o en residencias. Los hijos aprenden en esta escuela y valoran cada vez más sus “derechos” y eluden los “compromisos”. Disminuye el número de matrimonios, se retrasa la edad de casarse, de emanciparse y de tener hijos, al tiempo que aumentan los hijos extramatrimoniales, etc.

solitarios en sociedad

Todo este cambio, lejos de remitir, ha seguido extendiéndose en toda Europa. Las consecuencias son desastrosas. En Europa más de 54 millones de personas viven solas, es decir, uno de cada nueve habitantes (11,4%). Dinamarca encabeza esta triste clasificación con una sexta parte de su población viviendo de forma aislada (894.354 de los 5.349.212 daneses vivían en hogares solitarios en 2001), de forma que uno de cada tres hogares están ocupados por un único habitante.

En algún país nórdico, los formularios oficiales recogen la posibilidad de declarar familias de un miembro, una forma de disimular el deterioro familiar, ya que entonces “todo” se puede considerar familia.

En España ya hay cerca de tres millones de personas que viven solas (2.876.572 en 2001, un 7,1% de la población). Analizando su composición, prácticamente la mitad (47,2%) corresponde a personas mayores. De esta forma, más de un millón de ancianas viven solas (1.043.471) por tan sólo 315.466 ancianos solitarios. Sin entrar a analizar la desproporción entre hombres y mujeres, debido a factores biológicos y culturales, es de destacar que una quinta parte de los mayores (19,4%) viven solos, precisamente cuando sus necesidades de compañía y asistencia son más elevadas. Si tenemos en cuenta que algo más de tres millones y medio viven con su cónyuge, a los que hay que sumar los que viven en residencias, se puede estimar que es equivalente los que viven con sus familias y los solitarios. La otra mitad (52,8%) corresponde a adultos que viven solos, aunque aquí predominen de forma menos aplastante los hombres (865.329 frente a 652.306 mujeres).

Esta situación evoluciona rápidamente en el peor sentido: en la última década, ha aumentado un 89% el número de personas que viven solas en España (113% los menores de 65 años y 56% los mayores). Por una parte el cáncer de la ruptura familiar (131.228 en 2008) que sigue creciendo de forma imparable destruye familias empujando a la soledad a miles de personas. Este dato representa que se rompen dos matrimonios por cada tres nuevos que se forman, una de las mayores tasas de Europa, alentada por la ley del divorcio exprés. Por otra parte, el descenso en la nupcialidad y el retraso en la edad de matrimonio generan un mayor número de personas que viven solas, en muchos casos adoptándolo como modelo de vida.

La estructura de hogares en España muestra que junto al enorme incremento de hogares solitarios, también suben los hogares monoparentales: 1.396.833 (un 45% más que en la década anterior), los hogares de familias sin hijos son ya 2.762.486 (un 24% más que en la década anterior) y los hogares “no familiares” se triplican hasta los 139.226. Por el contrario, los hogares de familias con hijos descendieron un 3% hasta 6.155.066 y son ya sólo el 43% del total, cuando una década antes representaban el 54% del total.

el aislamiento humano, un fracaso social

En cuanto a los mayores, el aumento de vida incrementa su número, mientras que la cultura antifamiliar que reina en nuestra sociedad hace que cada vez más, se vean separados de las familias para “no molestar”. Las estadísticas oficiales reflejan que viven en residencias sólo unos 85.000, aunque el número real debe ser cerca del triple (teniendo en cuenta el número teórico de plazas y la altísima tasa de ocupación). En cualquier caso la proporción es mucho mayor a partir de los 85 años (diez veces más que para los ancianos entre 65 y 74 y el triple que los de 75-84 años). La comparación con Europa muestra que España todavía está lejos de los niveles europeos, donde Francia o Bélgica tienen un porcentaje cercano a cuatro veces el español, mientras que sólo Lituania, Polonia y Grecia están por debajo de la tasa española.

Además de la estructura de los hogares, hay otros parámetros que pueden darnos una idea sobre el aislamiento humano de nuestras sociedades. Expondremos sólo dos indicadores. El primero la frecuencia de contactos entre las personas mayores y sus hijos. Según datos oficiales, el 81% de los mayores tienen contactos diarios con alguno de sus hijos, frente al 58% de media en Europa (Informe sobre las Personas Mayores del IMSERSO, 2006). Por otra parte, España es de los países europeos con mayor tasa de hijos menores únicos (30,3%), sólo superada por Portugal y algunos países de Este, y casi el doble que Finlandia. Por el contrario, la tasa española de hogares con tres o más hijos es de sólo el 16,2%, únicamente superior a Bulgaria y muy lejos de Finlandia que casi nos triplica.

En conclusión, la sociedad actual fracasa estrepitosamente y cada vez más el hombre vive más aislado y sin una familia fuerte que le ayude a desarrollarse como persona y ser feliz. Ya lo dice la Escritura: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gn. 2,18), con lo cual es necesario un cambio radical en la política pública y en la cultura social, que ayude a las personas a tener familias fuertes y sanas.

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