Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|martes, julio 16, 2019
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¿Vivo para trabajar o trabajo para vivir? 

La anterior pregunta incide en un tema de rabiosa actualidad: el desempleo en tiempos de crisis; algo que quiebra la columna vertebral de la vida personal, que es el trabajo. Sin embargo, junto a esta penosa situación hay también personas que sufren de adicción al trabajo —son los workaholic—, que, en definitiva, sólo viven para trabajar. En las líneas que siguen trataré de dar respuesta a este dilema.

parte esencial de la vida ordinaria

Sin duda alguna, para seguir con la vida adelante es necesario trabajar. Pero, con ser esto muy importante, las motivaciones por las que se trabaja no pueden reducirse a sólo ésta. En efecto, sin trabajo no es sostenible ni siquiera la propia vida, dadas las necesidades irrenunciables (alimentación, vivienda, ocio, descanso, formación, posibles enfermedades, educación de los hijos, etc.) que la continuidad de la vida exige sean satisfechas. De aquí que la actividad hoy más urgente sea la de parar el paro.

  • Esta motivación es desde luego necesaria e irrenunciable, en tanto que es básica para el sostenimiento de la misma vida. Pero esta motivación no deja de ser extrínseca, es decir que, aunque se satisfaga, sólo con ella la persona no alcanza su plenitud. Otra cosa es que, en tanto que necesidad inmediata y vital, resulte inaplazable y en modo alguno sea sustituible por una ayuda o subsidio.
  • Hay otra motivación para el trabajo, la intrínseca, que se orienta a incrementar el valor de uno mismo, es decir, a crecer como persona, como la mejor persona posible a través del trabajo. Se satisface esta motivación cuando las consecuencias de nuestras acciones contribuyen a nuestro perfeccionamiento personal. La persona que está mejor preparada suele resolver más y mejor los problemas. “Quien tuvo, retuvo”, decimos, y es verdad. Si el trabajo no saca de cada persona lo mejor de sí misma, entonces no le está ayudando a ser mejor; lo que constituye una hipoteca que empobrece el futuro de su vida laboral.
  • Por último, hay otra motivación, la trascendente, todavía más importante. Consiste en esforzarse mediante el trabajo para ayudar a los demás a que sean felices. Sin duda alguna, trabajar así es muy difícil. Pero si alguien hace más felices a los demás con su trabajo, ¿acaso no será él mismo feliz?

el trabajo engrandece, la codicia envilece

Si esto no nos motiva es porque somos muy malos empresarios de nosotros mismos, porque nos autoengañamos al optar en nuestros trabajos por sólo las motivaciones extrínsecas. Cuando estas motivaciones no son tenidas en cuenta se trabaja sólo para ir tirando, consumir más o darnos buena vida. Pero eso no significa que hayamos optado por la vida buena. Una cosa es la buena vida, y otra muy distinta la vida buena.

La buena vida es un esquema mental, que anhela trabajar lo menos posible y ganar lo máximo. Pero eso no da la felicidad a la persona que trabaja ni tampoco a los demás.

¿Qué es la vida buena? El resultado terminal de habernos esforzado en que cada acción humana sea buena en sí misma. No es que haya personas buenas y, por eso, hacen el bien. Las personas no son ni buenas ni malas; sencillamente son. Pero es el bien hecho por cada persona, lo que la hace ser buena. La vida será buena si cada acción hecha con esa vida, hace buena a la persona. Contra lo que algunos puedan opinar, las personas buenas no suelen ser las más torpes, sino las más inteligentes porque han acertado al elegir el camino que les llevará a ser felices y hacer felices a los demás. En este caso, sí que tiene sentido vivir para trabajar.

humanizar el trabajo; colmarlo de valor y dignidad

Suele afirmarse que “quien trabaja se cansa” y que “el campo es para quien lo trabaja”. En este punto es necesario hablar de la acción humana y de la intencionalidad de quien trabaja.

Estudiemos en primer lugar qué es la acción humana. Todo trabajo supone una cierta actividad; pero si ignoramos los efectos de la acción humana, probablemente no sepamos lo que es trabajar, por lo que no podremos contestar a la cuestión de si trabajamos para vivir o vivimos para trabajar.

¿Qué nos dice la filosofía de la acción humana? Que los seres humanos se caracterizan porque se mueven a sí mismos y se mueven siempre por un fin. Cuando una persona se mueve sin tener ninguna finalidad, sin propósito alguno, decimos que se le han cruzado los cables, que algo no funciona en su cabeza. Por tanto, el fin de la acción humana es lo que arrastra tras de sí a toda la actividad realizada por la persona. Ahora bien, la acción humana sería incomprensible sin contar con el agente, con la persona que actúa. Toda acción humana genera consecuencias externas (aquellas que modifican en el mundo) y consecuencias internas (las que reobran sobre el agente y lo modifican como persona).

La actual sociedad ha cometido el error de fijarse demasiado en las consecuencias externas de la acción humana (productividad, rendimiento económico, éxito social, etc.) y se ha olvidado por completo de las consecuencias internas (madurez y crecimiento personal). Estas últimas son realmente las más valiosas, mucho más valiosas que las consecuencias externas.

Trataré de poner un ejemplo. Supongamos que una persona dedica nueve meses de su vida —mañana, tarde y noche— a escribir un libro y se convierte en un best seller. Con su publicación esa persona se hace famosa y las editoriales compiten entre sí para encargarle un nuevo libro. Todas estas son consecuencias externas de su trabajo de escritor. ¿Es eso lo más importante que ha ganado? En modo alguno. Lo más valioso e importante que ha ganado es el modo en que ha perfeccionado sus destrezas como escritor. Esto significa que el próximo libro que escriba tardará sólo seis meses y es probable que tenga un éxito mayor. El nuevo valor lucrado en su trabajo –una consecuencia interna personal- no puede adquirirse en ningún lugar, como tampoco se lo pueden robar. Ese enriquecimiento personal, es el “valor añadido” que nadie o muy pocos advertirán.

Está claro que a la vez que hacemos cosas, nos hacemos a nosotros mismos. Por consiguiente, lo que hacemos nos moldea y configura de un modo nuevo, aunque sea accidental. Lo hecho por la persona “hace” a la persona. Si lo hecho por ella es mediocre, también ella se convertirá en una persona mediocre.

También lo que se deja de hacer o no se hace nos hace o deshace, aunque sea carencialmente. Las muchas omisiones —el desempleo, por ejemplo— pueden bloquear o arruinar la capacidad de plenitud y el anhelo de perfección que hay en cada persona.

Sin embargo, el ser humano no es reductible a sólo lo que hace o deja de hacer., aunque las omisiones, a veces, condicionen poderosamente la vida de las personas. Probablemente, algunas de esas omisiones estén condicionando la quiebra, a nivel educativo, de la actual sociedad española.

Hay algunos alumnos con unas capacidades nativas extraordinarias, pero que no son capaces de ponerlas en marcha y de hacerlas crecer. La consecuencia, después de muchos años de no hacer nada, es el pasotismo, el “bajón” crónico de autoestima, y la génesis de un concepto negativo de sí mismos, a lo que hay que añadir la imposibilidad de servir en el futuro a las personas a las que tendrían que servir, lo que va en detrimento del bien común, del bien de todos y para todos. Este modo de entender el trabajo es un mal juego, porque todos perdemos sin que nadie gane.

Hacer mal el propio trabajo reobra sobre quien lo hace. Por eso hay gente que al hacerse se deshace. Hoy van al psiquiatra muchas personas afectadas por los malos estilos de vida y usos sociales, lo que les convierte en una especie de “marrón” o deshecho social. En esta perspectiva, ¿qué es lo que hace el psicoterapeuta? Intentar ayudar a la persona a rehacerse y superar así el deshecho humano en que se había convertido. Por consiguiente, importa mucho saber qué hacemos, cómo lo hacemos y cuál es el fin de lo que hacemos.

El fin de la vidad es la felicidad

El fin de la vida humana no es “desfinalizable”, no es prescindible, no es renunciable, ni siquiera negociable. El fin de la vida humana es ser felices; así de claro. No se trata de conformarse con llevar una vida placentera, ni de morirse de éxito, sino de ser felices.

Me importa mucho repetir que las acciones humanas no son indiferentes a quienes las realizan. La acción humana tiene un camino de ida, por cuya virtud se transforma el contexto sobre el que actúa (consecuencias externas del trabajo). Pero la acción humana tiene, simultáneamente, un camino de vuelta que modifica a la persona que así actúa o trabaja (consecuencias internas del trabajo). Estas últimas consecuencias son mucho más valiosas y relevantes para la persona que las consecuencias externas.

Cualquier trabajo tiene un propósito o finalidad, como cualquier persona que trabaja dispone de una intención, tiene una clara intencionalidad con lo que se propone. El trabajo no es un fin en si mismo. El trabajo es un medio al servicio de un fin: la realización de la persona y la mejora del bien común. Se entiende aquí por realización personal el perfeccionamiento del hombre, además de la obtención de los medios económicos necesarios para ser independiente y crear su propia familia. Una persona se realiza cuando en su trabajo es feliz, a pesar de que sufra las ordinarias contrariedades y frustraciones, que acompañan a todo trabajo.

Cuando se confunden medios y fines en el trabajo, cuando lo que era un medio se transforma en un fin (enriquecerse económicamente, por ejemplo), el trabajo se desnaturaliza y resulta impedido para cumplir con sus propios fines: la felicidad personal y social. Si quieren hacer fracasar a una empresa, sólo tienen que hacer lo siguiente: confundir los medios con los fines. Enseguida descubrirán lo poco que les dura el trabajo. Los fines no se pueden mediatizar; los medios no se pueden finalizar.

instrumento de santificación

En este horizonte, ¿cuáles son las intencionalidades más altas que puede proponerse la persona para guiar su trabajo de manera que alcance su fin final? Considero que se pueden resumir brevemente en las tres siguientes:

  • En primer lugar, el trabajo es un modo eficaz de desvelar en quien lo realiza la perfección de la acción por él realizada. ¿Y cuál tendría que ser la intencionalidad que la persona se propone al trabajar así? Fundamentalmente, hacer lo que hace de la forma más perfecta posible. Porque si el Creador hubiera realizado ese trabajo lo habría hecho perfecto. Cuanto más acerque su trabajo a la perfección, más se parecerá al realizado por el Creador. A pesar de tantos adelantos tecnológicos, esta importante intencionalidad está todavía por descubrir: consiste en tratar de desvelar el misterio del ser de las cosas creadas.
  • La segunda intencionalidad podría consistir en que la persona que trabaja, a través de lo que hace, manifieste al que le ha creado. Eso se observa muy bien entre padres e hijos: es lo que permite a un padre estar orgulloso de su hijo, que hace las cosas mejor que él. Esta actitud está unida a un principio de justicia, que se llama equidad entre generaciones, y consiste en que cada generación ha de ayudar a la siguiente para que pueda comenzar a trabajar en un mundo mejor. Si a nuestros hijos les dejamos un mundo peor que el que cada uno de nosotros se encontró al llegar a él, entonces es que hemos fracasado, porque hemos conculcado este principio de la justicia.
  • La tercera intencionalidad puede concretarse en el trabajo como forma de servir al OTRO en el otro. Trabajar bien no debiera estar condicionado por el dinero, la popularidad o el poder que se lucra. Una intencionalidad mucho más alta e integradora de lo humano –porque también en ella se encuentra la felicidad- es trabajar por los otros, a fin de servir así al OTRO en los otros. Para ello basta con no pensar en sí mismo, ni en el agradecimiento que se pueda recibir, sino sólo y exclusivamente en el OTRO y los otros. Esto es lo que nos aconseja la Doctrina Social de la Iglesia. De lo contrario, con el trabajo podemos hacer un excelente negocio material y un ruinoso negocio personal; hacia fuera tal vez muy exitoso y hacia dentro lamentablemente ruinoso.

El paro hay que detenerlo porque desmotiva, quiebra la humanidad de la persona y arrasa su dignidad. El trabajo debiera satisfacer todas las anteriores intencionalidades, de manera que sin vivir para trabajar, trabajemos gozosos para vivir.

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