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Vocación en racimos familiares 
30 de Noviembre
Por Francisco Jiménez

«En aquel tiempo, pasando Jesús junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: “Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres”. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron». (Mt 4,18-22).


La actuación más determinante de Andrés, cuya fiesta celebramos hoy, consiste en haber sido elegido; en ser sujeto pasivo de una elección divina y sujeto activo de una acción humana: abandonar las redes y seguir a Jesús. Dejar las “redes” —¡quién lo dijera! —en estos tiempos de “la red”, en la era de internet. ¿Quién es capaz de dejar “las redes” y los “enredos”?

El relato de hoy, con ligeras variantes sobre las versiones en Mt 10 1-4, Mc 3 13.19 y Lc 6, 13-16, prolonga la humanidad de Cristo. Intensifica su condición humana, porque pensando en difundir su mensaje, Jesús no recurre a los ángeles sino a los hombres; hombres como tú y como yo. Importa destacar, por tanto, que las cosas podían haber sido de otra manera. Pero Él quiso compartir su misión con otros de su raza, con nacidos de mujer. Asoció su misión —hacer presente el Reino de Dios— a algunos hombres concretos.

Los apóstoles son una calidad de “discípulos” que, sin dejar de serlo, pasan a formar parte de un grupo “elegido”, un colegio y denominación prevalente, el de los apóstoles, que el propio Evangelio se encarga de traducir por “enviados”. Los discípulos seguían a Jesús y  sus apóstoles son enviados por Él. Elegidos por Él, llevan su representación personal y su mensaje, la alegre noticia. Han sido investidos de poderes asombrosos: expulsar demonios, curar enfermos, sanar toda dolencia. Reciben instrucciones precisas y, tras la resurrección de Jesucristo, el Espíritu Santo les confirió el “divino” poder de perdonar los pecados.

El número de los apóstoles es muy significativo: doce. Doce son las estirpes de Jacob; doce son las gemas del Apocalipsis; doce son los artículos del Credo de la Iglesia; doce son los apóstoles, porque  el traidor es sustituido por Matías  como “testigo”  de la resurrección (Act 1 26); doce son los frutos del Espíritu Santo, según el Catecismo.

Y los doce son identificados de forma inequívoca; destaca el hecho de que se les llame por su nombre propio. (Es realmente bello que  en español y otras lenguas latinas llamarse y llamamiento tengan la misma raíz y converjan ideológicamente). Pasan del anonimato a ser conocidos de forma precisa, incluso apostillados con rasgos genealógicos o diferenciadores. Es un hecho indubitado que el Señor identifica por su nombre a los que Él eligió como apóstoles. Y destacando la misión que cada nombre comporta, a alguno le cambiaría el nombre; una nueva identidad dimanante de la fuerza del cometido a que es llamado y del poder de quien lo reconduce. Simón será Cefas.

Un fenómeno a subrayar, añadiendo misterio al enigma de la elección, es la presencia de pares de hermanos de sangre que corren la misma suerte. A los ahora apóstoles Pedro y Andrés, de forma explícita (en Mt 4 18 y Mc 1 18), el Señor les propone ser pescadores de hombres; eran hermanos. También Santiago y Juan, hijos de Zebedeo. Los sinópticos y los Hechos de los Apóstoles emparejan de forma desigual a varios apóstoles, pero Pedro y Andrés siempre aparecen ligados como hermanos, como también Santiago y Juan, los “hijos del trueno” ( Mc 3 17). Además, los cuatro trabajaban juntos; eran compañeros de fatigas (Lc 5 10). Es interesante esta manera de realzar la fraternidad y de insinuar una verdadera vocación “familiar”. Ahí queda el hecho objetivo: La presencia de diversas “vocaciones” en una misma familia, grupo humano, o de un mismo lugar geográfico, Felipe también era de Betsaida, como Andrés y Pedro (Jn 1 44). Una misma consagración u opción de estado de vida es frecuente en algunas familias de santos y de contemporáneos nuestros que ejercen los más diversos ministerios. La cosa empezó en Galilea.

La familia es ya en sí misma un evangelio, se ha atrevido a decir el Papa.  Algunos apóstoles, como Andrés, salen en racimos familiares.

Andrés es conocido como “el hermano de Pedro”. Hay personajes y personas que viven a la sombra de un hermano más eminente, primogénito o no. Pero es posible encajarlo con humildad y eficacia. No siempre destaca la rivalidad: Caín contra Abel, Esaú contra Jacob, etc. Otras muchas veces aparece una complementariedad admirable, como Aarón respecto de Moisés, o Marta y María. Andrés estará con Pedro y, como él, clavado en otra peculiar cruz, dará la vida por Jesucristo.

Francisco Jiménez Ambel

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