Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|viernes, septiembre 20, 2019
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Volveremos 

Vuelve, Israel, junto a Yahveh, tu Dios, pues tus faltas te hicieron tropezar. Yo sanaré su infidelidad, los amaré con todo el corazón pues ya no estoy enojado con ellos. Yo seré para Israel como el rocío; florecerá como una azucena y extenderá sus raices como el árbol del Líbano. (Os 14,2)

“Si he aceptado la conversión de Adán, ¡cómo no aceptar la vuestra!”

Haznos volver al embite, como en los tiempos de antaño; a la ruta de las moradas donde se come de balde. Nuestros pies se desangran entre abrojos y espinos andando sin vereda; las malas hierbas son muy altas. No divisamos el sendero por el lamento de rocío y encubrimos la desnudez desvelada en los venales impulsos. Como la onerosa desidia que nos desarma ante el aguijón, así nos sentamos a llorar, contemplando nuestras silentes guitarras colgadas de los sauces, sin atreverse a sonar, como muertos afónicos.

“Si he aceptado la conversión de Caín, ¡cómo no aceptar la vuestra!”

Haznos volver a nuestra tierra. Mira que somos forasteros y vagamos lejos de tu presencia marcados con la tau…¡Cómo soportar esta ausencia que nos espolea! A cada mirada se nos esconde tu rostro y sólo resistimos en la plegaria que alivia y aplaca el corazón hendido. hartos de violencia erramos, caminamos sin la fuerza delante del perseguidor. Pero tú, Señor, estás alejado de las iras y olvidas la iniquidad. Porque preferimos tu yugo al peso de nuestros odios.

“Si he aceptado la conversión de David, ¡cómo no aceptar la vuestra!”

Nuestra plegaria está cerrada como el baño ritual. Dirigimos nuestra oración a ti en el tiempo favorable. Por eso, Señor, sal de la medida de la justicia y entra en la medida de la misericordia, donde podemos acampar, descansar en las frescas mieles de tu paciencia. Porque, ¿quién podría soportar tu juicio? Quien encubre sus culpas no prosperará. Acerca tu mirada a pesar de nuestra presunción y déjanos recostar el delito sobre tu espalda. Porque Urías clama desde tu lumbrera y cada grito es un rejón que se hiende en la sien, en nuestra horadada sien.

“Si he aceptado la conversión de mi pueblo, ¡cómo no aceptar la vuestra!”.

Sí, volveremos. Encenderemos el disco del sol para alumbrar las umbrosas rebeldías. Volveremos de la ira y el Talión a los racimos deliciosos de la gracia, sobre los prados frescos de la paramera… ya suena la quejumbre del shofar y tiemblan nuestros pasos anhelando la clemencia de tu ternura. Sí, volveremos. Y contemplaremos los montes humear con el incienso de tu perdón, con la llovizna límpida de tu promesa, con la transparente luz que emana de tu misericordia. En la umbría donde arrecia la trama confusa, en la duda, donde se esconde el abismo, en la sangre que fluye y que asusta, en el yermo erial de las obras, no es posible habitar sin tu mirada. En el vuelco de la escoria, en el vertedero de votos y promesas, en las voluntades espurias y las grises vanidades, en la borrasca y en el rayo, no es posible habitar sin tu mirada. Pero tampoco en la rueca, en las horas, en el día, en la llama y en el sueño, en la noche clandestina, en la inmensa soledad, en la calle y en el agua no es posible habitar sin tu mirada.

En la umbría donde arrecia la trama confusa,

en la duda, donde se esconde el abismo,

en la sangre que fluye y que asusta,

en el yermo erial de las obras,

no es posible habitar sin tu mirada.

En el vuelco de la escoria,

en el vertedero de votos y promesas,

en las voluntades espurias

y las grises vanidades,

en la borrasca y en el rayo,

no es posible habitar sin tu mirada.

Pero tampoco en la rueca, en las horas,

en el día, en la llama y en el sueño,

en la noche clandestina,

en la inmensa soledad,

en la calle y en el agua

no es posible habitar sin tu mirada.

                                                                                                                                          Jorge Santana.

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