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“SAL Y LUZ” 
09 de Febrero
Por Pablo Morata

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (San Mateo 5, 13-16).

COMENTARIO

“Metáfora”, según el Diccionario de la Real Academia: “Traslación del sentido recto de una voz a otro figurado, en virtud de una comparación tácita”. Son muchos, y muchos muy buenos, los comentarios piadosos que se han escrito sobre estas palabras metafóricas que el evangelista Mateo pone en boca de Jesús al inicio del “Sermón de la Montaña” a renglón seguido de esa bendita locura programática que son las “Bienaventuranzas”. Por eso, como ya hay mucho escrito sobre el “recto sentido” que nuestro Señor quiso enseñar con estas comparaciones, yo me voy a ir por otros derroteros y si me salgo por los “cerros de Úbeda” pues… aprovecho para hacer patria, que hace mucho que no voy por los olivares de mi tierra natal, fuente copiosa de aceite, por tanto fuente indispensable de la energía necesaria para que, cual vírgenes prudentes, no falte luz en las lámparas que, según nos indica el evangelio de hoy, debe alumbrar a todos los de la casa.

Porque, quizás, lo primero que haya que señalar es que “sal” y “luz” sean hoy unos términos que, probablemente, suenen en nuestros oídos de manera diferente al eco que debieron provocar en la solícita audiencia de la colina de Galilea. Hoy la sal es muy barata, despreciable en precio y desapercibida en las recetas. Hoy para tener luz no es necesario ni tan siquiera como antes pegar un pellizco a la pared, en cuanto una célula detecta tu presencia, ¡zas!, y como en el Génesis ¡hágase la luz!…

Históricamente, la sal era símbolo hospitalidad, por su carácter estable y duradero, útil para conservar los alimentos. Se presentaba a los invitados antes que cualquier otra comida como signo perdurable de la amistad. Tan valiosa que servía como medio de pago (salario). Probablemente ande por aquí el origen de la superstición de mal presagio si se derrama la sal. Así que si la sal se vuelve sosa y solo sirve para arrojarla… a saber qué puede pasar. (Sirva como curiosidad que Leonardo da Vinci, en su “Última Cena” representó a Judas derramando la sal en la mesa).

Respecto a la “luz” y como dije que me iba a ir por los cerros de Úbeda, mira tú por donde, el domingo pasado nos daban una candelita al entrar en misa. Hubiera tocado el evangelio de las “bienaventuranzas”, pero como era “la candelaria”, la fiesta de la Presentación del Señor en el Templo, se sustituyó el pasaje del Evangelio. ¿Se sustituyó o más bien se dejó atrás el sentido “figurado” de la metáfora para plasmar el verdadero significado de ser “sal” y “luz”? O dicho de otra manera ¿no estaban ahí los verdaderos “bienaventurados”?: La Sagrada Familia, los “pobres de espíritu”; que mucho “portones alzad los dinteles que va a entrar el rey de la gloria” y para mí, que el Rey de la Gloria entró por una puerta lateral y los únicos que se enteraron y pusieron “la sal” de la hospitalidad, el anciano Simeón en quien se cumplió lo prometido a los “bienaventurados limpios de corazón” que ya podría morir tranquilo porque sus ojos habían visto la “luz” para alumbrar a las naciones, al igual que la profetisa Ana, bienaventurada y consolada de los llantos de sus 84 años de viuda…

“Sal” y “Luz” ayer. “Sal” y “Luz” hoy. Y precisamente hoy en nuestras parroquias se va a hablar mucho de alimentos y de la necesidad de conservar los recursos. Sal necesaria en nuestros días. Pero, como diría San Pablo, pasará el don de profecía, y el de lenguas; pero el Amor es la sal que no pasa nunca. Hoy se nos invitará a ser la sal, valiosa para que haga llegar el alimento necesario allí donde la injusticia y el egoísmo hace que incluso la nutrición básica sea algo perecedero. Se nos pide algo más que solidaridad (ya podría repartir todos mis bienes a los pobres que si no tengo amor no soy nada). “Manos Unidas” es hoy una lámpara puesta en lo alto de un monte, como el monte de las Bienaventuranzas; sal y luz, no para jactancia y engreimiento, sino para que se dé gloria a nuestro Padre del cielo.

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