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XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO “B” 

(Núm 11, 25-29; Sal 18; St 5, 1-6; Mc 9, 38-43. 45. 47-48)

Las lecturas de este domingo son, por una parte, iluminadoras para el momento recio que vivimos en la Iglesia: Jesús denuncia de la manera más severa el daño que se puede hacer a los pequeños. Y por otra parte, se afirma la presencia del Espíritu más allá de los límites confesionales y jerárquicos.

La expresión de Moisés: “¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!”, no solo es un anhelo en las comunidades cristianas, sino una necesidad. Y no porque merme el número de presbíteros, sino porque los bautizados deberemos ser corresponsables con la misión evangélica.

Es muy importante que la preocupación por la extensión de la Buena Noticia esté en el corazón de los agentes de pastoral y en el de cada uno de los bautizados. La escasez de vocaciones de especial consagración, debe avivar la conciencia de los creyentes y tomar como llamada no solo la santidad de vida, sino también la misión evangelizadora.

Es momento propicio para que las comunidades cristianas asuman responsabilidad pastoral. ¡Cuántas veces en la historia de la Iglesia una crisis ha suscitado una mayor respuesta y radicalidad! Lo comprobamos en el siglo XIX, cuando parecía que la diosa Razón iba a imperar, y acontecieron hechos que desconcertaron los sistemas políticos racionalistas.

Hoy, en una cultura líquida, se observa cómo hay muchas personas que buscan comprometer su vida. Florecen movimientos religiosos y asociaciones de fieles, son numerosos los que afluyen a los lugares de peregrinación, lo que indica la búsqueda interior. El Espíritu Santo se derrama en los fieles y nos conduce por caminos paradójicos, para que se vea con más claridad que ni el que siembra, ni el que siega es el que causa la cosecha abundante, sino Quien concede el incremento.

Quizá tengamos que rezar como el salmista: “Preserva a tu siervo de la arrogancia, para que no me domine: así quedaré libre e inocente del gran pecado”. Y solicitar que el Espíritu renueve la faz de la tierra. No pongamos vallas al campo, ni bóveda al firmamento.

Es muy esperanzadora la expresión de Jesús: “El que no está contra nosotros está a favor nuestro”. Quizá, como el muchacho que corrió a Moisés para pedirle que prohibiera profetizar a dos ancianos porque no habían estado presentes en el momento preciso, nos venga la tentación de vincular la gracia a la ley.  El Espíritu supera nuestras fronteras. Necesitamos creer que la Iglesia está guiada por el Espíritu de Dios.

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