Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|jueves, noviembre 21, 2019
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Y después de la resurrección 

Y cuando entraron en el sepulcro, vieron a un joven sentado al lado derecho, cubierto de una larga ropa blanca; y se espantaron. Mas él les dijo: No os asustéis; buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron. Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo. (Mc 16,5ss)

¡Ya es Pascua! Pasó lo viejo. Se resquebrajan las cadenas. No remendamos los afectos como los tejidos rotos, ni usamos los odres viejos para escanciar el vino joven, porque Cristo lo hace todo nuevo; esta es la única esperanza válida. No proseguimos anclados en historias ruines o maniatados en afectividades tiranizantes ni subyugados por los brillos del oropel; sino más bien corremos a los brazos abiertos del Padre que ha salido a buscarnos con sus ojos clavados en ti… y en mí, impulsados por un viento del mar y del oriente, que nos impele hacia los verdes pastos de las balsameras.

Ahí está tu amado…, ¿lo ves? Te persigue para declararte su amor. No rebuscamos entre los raquíticos amoríos y exiguas devociones que nos oprimen, ni entre los escombros de vanos placeres que nos van sorbiendo la sangre y nos reducen despóticamente a polichinelas. “Cantadnos nos decían nuestros opresores… y nuestras guitarras colgaban de los sauces, afónicas y quietas” (Sal 137).

El mar se abrió a mis pies, pero yo no he obrado nada. ha pasado el ángel de la muerte por mi lado y alguien había embadurnado los dinteles de las puertas con sangre y ha pasado de largo. Los primogénitos de la tiranía han sido estrellados contra las peñas, pero yo no he obrado nada. Tuve sed y brotó agua de la roca, tuve hambre y apareció como semilla de cilantro, blanco, y de sabor como la miel, pero yo no he obrado nada. Así emerge la shekiná, la presencia de la Luz y te dejas embalsamar con los aromas del viento insólito; con la mirada del reo después de haberle negado no tres, sino setenta veces siete, con la piedra inmensamente sepulcral movida como si fuera una china, sólo las vendas y el sudario y la tumba vacía… ¡oh, “Rabbuní”! has restaurado con tu resurrección la gris esfera de mi vida, has bajado a oler el humo del infierno y has vuelto de la muerte con aroma de incienso esculpido en la piel.

Todos los días voy al sepulcro a comprobar que no estás: ¡qué poca fe! También te debo las ansias de ir, no creas… Y apareces en la gruta, en el lago, en la estancia o en el camino; y, después de tantos milagros y de diseñar en mi ser, Pascua a Pascua, que sólo queda el vendaje y la mortaja, de meter los dedos en tus llagas, de examinar el orificio de tu costado…, me preguntas: “Pedro, ¿me amas?” (Jn 21,15). ¡oh, Señor!, ¿cómo me preguntas esto?, ¿qué puedo decirte…? “Tú lo sabes todo, Señor” (Jn 21,17). Pero ¡tal vez quieras escucharlo de mi boca! ¡Tanto me amas…

Despiértame, amado mío

y átame a tu ternura.

No me olvides en este sueño mío,

despiértame de mi letargo,

de esta gris neblina que me envanece,

que me hace querer

lo que me duele,

que me hace adorar

a quien me doblega.

Despiértame, amado mío

y átame a tu ternura

                                                                                                                                  Jorge Santana.

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