Un mensaje profundo en un lenguaje sencillo|miércoles, agosto 12, 2020
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Y Jesús se preguntó… 

Esto sucedía unos dos años antes de cumplir los 33.

– Padre, escúchame ¡Pero escúchame de verdad!!! ¿Tú estás seguro de que debo dar la vida por estos mendrugos malvados qué aún después de morir por ellos, no me creerán? Mira que lo que va a pasar es muy serio.

Y Dios que estaba haciendo “sus cosas” levantó su vista, le miró, frunció el ceño y le dijo…

“Sip” y volvió a sus quehaceres… Pero le observó de reojo.

– Jesús insistió: Yo creo, Padre mío que no lo has pensado muy bien, porque de todos modos se los van a llevar donde enviaste al “otro bicho”… o ¿no?. Tú sabes que sí… Y por otro lado los justos no me necesitarán…

Dios le escuchaba con atención, aunque estaba a lo suyo… Y le increpó: Es lo que hay Jesús, cuando llegue el momento sabrás por qué.

Jesús en su interior pensó: ¿Con lo “inteligente” que soy no lo puedo entender? Y volvió a la carga:

– Siempre me dices lo mismo… Mira que no tienes más Hijos y ya que me has enviado a este planeta, puedo en muchos años de vida, hacer una labor increíble.

Lo harás Jesús, lo harás sin tener que vivir 90 años, ni siquiera 40.

Jesús estaba desconcertado, las tentaciones se agolpaban y no le dejaban ver con claridad. Pero no hizo más preguntas y continuó con su Ministerio por tierras de Israel, un día y otro, de una ciudad en otra.

La labor era diaria, sin descanso; parábola tras parábola, milagro tras milagro y así fue in crescendo el número de discípulos, su fama se extendía por todo el país y pasaron meses y meses hasta cumplir los 33 años.

Noche oscura en aquella cueva de Getsemaní donde rezaba a su Padre… Le invadió un pánico indescriptible, terrorífico, pues el tiempo y el momento se acercaban sin remedio -Dios no cambiaría sus planes-. Y su mente se llenó de amargos pensamientos. Su cara se empapó de sudor de sangre y la piedra que daba apoyo a sus rodillas se inundó de un color púrpura, su tremendo miedo…

Aliento de ángeles, justos, profetas, santos, Juan el Bautista, todos… Se aparecieron en su Espíritu con un amor tan grande que Jesús abrió los ojos empapados en lágrimas y el corazón se llenó de bondad. Escuchó en su entendimiento de Hijo de Dios, que sin su muerte, ellos tampoco entrarían en el Reino de su Padre.

– ¿Por qué así Padre? Y Dios en su infinito amor hacia Él, contestó:

Lo más importante que el ser humano tiene en la tierra es la VIDA y no hay moneda mayor en el cielo o en la tierra -lo digo por Ti Jesús-, equiparable a la muerte, daño y horrores que infringe el hombre, que “Sangre de mi Sangre inocente” para perdonar tales maldades. Y Tú, Hijo primogénito, Cuerpo de mi Cuerpo, Espíritu de mi Espíritu, has de pagar por todo ello porque les quiero hasta el extremo.

Jesús entendió al fin. Se había convertido en el Salvador de justos y malvados, de toda la humanidad y marchó en libertad hacia una muerte tan infame como infame es el hombre.

Y todo quedó en tinieblas… Pero a los tres días, sentado a la derecha de su Padre, miró a los ojos de su alma y dijo: “Padre, aquí hay tanto consuelo qué mereció la pena morir por el mundo y darles la oportunidad de venir… Gracias por ser Tú, gracias por ese amor que en la tierra no vi… ¡Pero te pasaste!

¿Qué me pasé? de eso nada Jesús, lo que hacen los hombres es producto de su libertad y eso es poco Hijo mío… ¡Mira! Y Jesús se espantó…

– ¡Si pudiera volver, volvería, Padre!

¡No Hijo! Ni se te ocurra. Has dejado la verdad, el camino a la Vida, has dejado… Tu Madre ya ha sufrido lo indecible y los que te amaron y creyeron en Ti, están al fin en el Paraíso, porque sin ti o sin Mí no habrían tenido ni amor ni cielo… Y por ellos y por los que nacerán dejaste la tierra… ¿Lo entiendes ahora Jesús?

– “¡Sip!”

Y así pasaron los años con mi Dios en mi corazón hasta el momento de irme con Él. Él es mi vehículo hacia la eternidad, mi Credo, mi sustento y apoyo ante los agravios de la tierra… Gracias por venir y llevarte mi nombre en la Consagración de mi bautismo.

Dime ¿Qué puedo hacer por Ti? Y Dios me dijo:

“Fe, oración y alegría, no lo olvides y cada día me tienes en la Eucaristía esperándote”.

Nos vemos Jesús, nos vemos…

                                                                                                                                      Enma Díez Lobo

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