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Y Pablo VI nos regaló la Humanae Vitae… 

Entre los muchos regalos que nos dejó el Beato Pablo VI no podemos dejar de recordar la encíclica Humanae vitae (25 de julio de 1968). Fue uno de sus gestos más valientes y más difíciles, pues implicó una nube de críticas que todavía no ha terminado. También hoy surgen voces que rechazan la doctrina católica expuesta por Pablo VI, puesto que solamente ven en la Humanae vitae muchos “no”, mientras piensan que la anticoncepción es un “progreso”.

Pero la doctrina ofrecida por el Papa Montini no era una opinión personal, ni una idea anticuada (¿puede ser anticuado lo verdadero?), ni el resultado del triunfo de una escuela teológica sobre otra. Era, simplemente, la presentación del plan de Dios sobre el matrimonio y sobre su constitutiva apertura a la vida. Una presentación llena de valor, un gesto profético que solo cabe en corazones grandes. La encíclica Humanae vitae dijo, es verdad, un “no” claro y firme a la anticoncepción y a las ideas de quienes buscan caminos inmorales para evitar la llegada de los hijos en el matrimonio. Pero ese “no” es un “sí” para defender el sentido auténtico y fecundo que es propio del amor entre los esposos.

Ante los participantes de un congreso que se tuvo en Roma para recordar un aniversario de esa encíclica, Benedicto XVI subrayaba el valor de Pablo VI al publicarla. “Cuarenta años después de su publicación, esa doctrina no solo sigue manifestando su verdad; también revela la clarividencia con la que se afrontó el problema” (Benedicto XVI, 10 de mayo de 2008). En ese discurso, Benedicto XVI quiso poner en evidencia el sentido auténtico del amor entre los esposos. “De hecho, el amor conyugal se describe dentro de un proceso global que no se detiene en la división entre alma y cuerpo ni depende solo del sentimiento, a menudo fugaz y precario, sino que implica la unidad de la persona y la total participación de los esposos que, en la acogida recíproca, se entregan a sí mismos en una promesa de amor fiel y exclusivo que brota de una genuina opción de libertad. ¿Cómo podría ese amor permanecer cerrado al don de la vida? La vida es siempre un don inestimable; cada vez que surge, percibimos la potencia de la acción creadora de Dios, que se fía del hombre y, de este modo, lo llama a construir el futuro con la fuerza de la esperanza”.

los padres, colaboradores de Dios 

Muy distinto es el panorama cuando los esposos se abren, con generosidad responsable y llena de esperanza, a la llegada de los hijos. Si viven así, se convierten en colaboradores de Dios. Lo recordaba Benedicto XVI: “Con la fecundidad del amor conyugal el hombre y la mujer participan en el acto creador del Padre y ponen de manifiesto que en el origen de su vida matrimonial hay un ‘sí’ genuino que se pronuncia y se vive realmente en la reciprocidad, permaneciendo siempre abierto a la vida”.

Es cierto que pueden darse, como explicaba Pablo VI, serios motivos para que unos esposos eviten por un tiempo la llegada de un nuevo hijo. En esos casos, nunca se puede falsear la naturaleza del acto conyugal, que conserva su auténtico sentido cuando los esposos se dan mutuamente desde el amor y con una actitud de apertura a la vida. En cambio, los esposos sí pueden, por esos motivos serios, recurrir a los así llamados “métodos naturales”, es decir, “tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio solo en los periodos infecundos y así regular la natalidad sin ofender los principios morales que acabamos de recordar” (Humanae vitae, n. 16).

Sabemos que muchos esposos han dado la espalda a estas enseñanzas, han usado métodos anticonceptivos, o se han esterilizado. En no pocos casos, los esposos han optado por la injusticia del aborto cuando se encontraron ante la llegada de un hijo no deseado, no amado. A causa del uso y abuso de métodos anticonceptivos, millones de esposos han llegado a destruir el propio matrimonio. ¿No será precisamente porque cuando falta respeto hacia el sentido auténtico de la relación conyugal, poco a poco el amor se marchita y se destruye? ¿No serán tantos miles de divorcios la consecuencia del triunfo de una cultura que busca “tener” y “disfrutar”, en vez de avanzar por el camino de la verdadera realización humana: el amor generoso?

La cultura anticonceptiva ha llevado a los siguientes resultados: trivialización del sexo, vida matrimonial en crisis, retraso excesivo en la llegada del primer hijo, fuerte disminución de la natalidad (en algunos países se ha llegado ya al “invierno demográfico” y ha empezado a ser visible la disminución de la población), daños reales sobre todo en la mujer (que no consigue tener hijos cuando lo desea, bien por lo avanzado de su edad, bien como consecuencia de todo el arsenal de sustancias y de técnicas anticonceptivas usadas durante años y años). Las profecías de Pablo VI en la encíclica Humanae vitae se han hecho, tristemente, realidad. Existen otras consecuencias dañinas del uso de los anticonceptivos en la vida esponsal, y que ya habían sido señaladas por el beato Pablo VI en su encíclica.

amor fecundo y generoso

En resumen, la píldora anticonceptiva, cuando entra en la vida familiar, provoca tensiones y conflictos entre los esposos si no hay un mutuo acuerdo respecto de la disponibilidad a la llegada de un nuevo hijo, y en no pocas ocasiones también cuando ha habido acuerdo pero han sido heridos valores importantes del matrimonio (por ejemplo, la apertura a la vida que es parte integrante de la relación sexual). Igualmente, la píldora fomenta una visión negativa respecto de cada nuevo embarazo con el riesgo de recurrir (cosa que muchos hacen) al aborto cuando la píldora no ha dado el resultado esperado. Junto a lo anterior, el recurso a la anticoncepción encierra el peligro de ver la sexualidad en clave egoística, y a considerar al otro cónyuge simplemente como un objeto de placer a disposición de los propios deseos.

El mejor dique frente a estos peligros radica en el reconocimiento de la dimensión fecunda y generosa del amor conyugal y en la actitud de disponibilidad cariñosa hacia el inicio de cada nueva vida. Es decir, hay que abrir los ojos a la verdad. Pablo VI lo subrayaba con estas palabras dirigidas a los sacerdotes en esa misma encíclica:

“No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas. Pero esto debe ir acompañado siempre de la paciencia y de la bondad de que el mismo Señor dio ejemplo en su trato con los hombres. Venido no para juzgar sino para salvar (Jn 3,17), Él fue ciertamente intransigente con el mal, pero misericordioso con las personas. Que en medio de sus dificultades encuentren siempre los cónyuges en las palabras y en el corazón del sacerdote el eco de la voz y del amor del Redentor. Hablad además con confianza, amados hijos, seguros de que el Espíritu de Dios que asiste al Magisterio en el proponer la doctrina, ilumina internamente los corazones de los fieles, invitándolos a prestar su asentimiento. Enseñad a los esposos el camino necesario de la oración, preparadlos a que acudan con frecuencia y con fe a los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia, sin que se dejen nunca desalentar por su debilidad” (Humanae vitae n. 29).

Enseñar íntegramente la doctrina cristiana es una “forma de caridad eminente”. Por eso la comunidad católica necesita releer, meditar, acoger, con esperanza y generosidad, la Humanae vitae del beato Pablo VI, para redescubrir una doctrina exigente pero hermosa. Una doctrina que nace del Evangelio, que enseña el camino que lleva a la verdad, que genera confianza y que, en el seno del amor entre los esposos, permite el nacimiento de cada uno de los hijos.

Fernando Pascual L.C.

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