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¿Y tú de dónde eres? 
Por Juan M. Balmes

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas». (Lc 21, 12-19)


En este “hoy” que nos ha tocado vivir se suceden las catástrofes naturales, las guerras están prácticamente instaladas en los cinco continentes y qué decir de los terrorismos, de los crímenes contra inocentes, de la persecución de hermanos en la fe llegando a perder la vida (Nigeria , Egipto , Siria, Turquía …). ¿Estamos ante el final de los tiempos?  No lo sé. Sí sé que esta lectura me invita a la conversión, a vender todos los bienes, porque eso es convertirse. Cada vez que uno se convierte renuncia a algo: a su padre y a su madre  —Papá , mamá ¡felicitadnos! vamos a ser padres; una vez más el Señor nos bendice con una nueva vida, veremos una vez más el amor que nos tenemos hecho carne con un nuevo palpitar. Hijo los tiempos no están para alimentar otra boca. ¡Vas a matar a tu mujer con tanto parir! Estáis locos, ¿no conocéis la gomita?—; a su mujer: —deja eso Mónica, vamos a rezar; Espera que termino de guardar esta ropa. ¡Chata, la ropa puede esperar, comencemos el día alabando al Señor!; a sus hijos; —Papá, me he ido a vivir con mi novio; Pues hija, mientras estés viviendo en esa situación no puedes  entrar en esta casa. Dios no bendice los concubinatos—.

Porque “quien no renuncia a todos sus bienes (familiares , afectivos , materiales…) no puede ser mi discípulo”; quien no odia su propia vida, ¡no puede ser mi discípulo!

Amar a Cristo por encima de todas las cosas: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente… y con todas tus fuerzas” (Mt 22, 37; cf. Lc 10,27). Esa es la conversión. Todo lo que se salga de aquí es una pantomima, un entender las cosas a medias , un perder el tiempo en “hacer cositas” más o menos piadosas pero que no salvan a nadie.  Pidamos esta gracia a Dios —la Conversión—, no amemos más nuestras opiniones que la voluntad del Altísimo,  no hagamos vana la Gracia de Dios. Si de verdad queremos ser hijos y herederos de Dios, pidámosle desde lo mas profundo de nuestro ser: ¡Señor, que pueda amar como Tú me amas!

Hermanos, es el año de la Fe. Se abre un nuevo tiempo donde la Palabra cae sobre mojado y Dios  nos llama a ser auténticos, a hacer de nuestra vida un evangelio, un hacer cuestionarse a nuestro vecino, a nuestro compañero de trabajo, a nuestros familiares incluso,  que al vernos se pregunten:  ¿y tú de dónde eres?

Juan M. Balmes

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