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Yahvé es mi pastor – SALMO 23 

 

Aunque fuese por valle tenebroso,
ningún mal temería,
pues tú vienes conmigo;
tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas ante mí una mesa,
a la vista de mis enemigos;
perfumas mi cabeza,
mi copa rebosa.

Bondad y amor me acompañarán
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa de Yahvé
un sinfín de días.

 

Yahvé es mi pastor, nada me falta” ¡qué palabras tan llenas de paz, prueba del gran amor que Dios ha derramado sobre el corazón del hombre…! y sin embargo, ¡cuántas cosas echamos en falta a diario en nuestra vida!…Si tuviese una esposa o un marido mejor…, un padre o una madre más comprensivos o más acordes con los nuevos tiempos, seguro -pensamos- la vida sería maravillosa. Si nuestro hijo cambiase su forma de ser, si nuestra hija estudiase más, ¡cuántos problemas nos ahorraría…! Si tuviese un sueldo más decente, un coche más grande, una casa con más comodidades, sin duda desaparecerían mis preocupaciones…

¡Qué equivocados estamos! Pues, verdaderamente, sólo una cosa nos falta: sabernos amados en nuestra debilidad y poder amar al otro como es.

Nosotros no podemos amar al pecador, al que nos hace mal, al que, de alguna manera, nos destruye o amenaza nuestras seguridades y bienestar.

Lo experimentamos dentro del matrimonio, que siendo lugar para la donación y la entrega al otro, se vuelve tantas veces egoísta y hostil. E igualmente ocurre en la relación con los hijos y de éstos con sus padres: aceptamos a nuestros hijos cuando son dóciles y hacen siempre nuestra voluntad, pero cuando con sus actitudes rompen el equilibrio dentro de la familia, entonces aparecen las discusiones, las broncas y, a veces, la separación y el abandono de la propia casa.

Y si analizamos el trato con vecinos, conocidos, compañeros de trabajo.., basado fundamentalmente en las normas de educación, vemos que se mantiene afable mientras nadie toca nuestro yo; cuando es así, surge la confrontación, la negación de la palabra y hasta la agresión física.

No podemos amar al otro como es y, sin embargo, todos necesitamos sentirnos amados.

Pero separados de Dios no hay amor. Lejos de Él, los hombres quedamos incapacitados para hacer el bien y entre nosotros se levanta un muro que somos incapaces de sobrepasar, pues no podemos amar a quien nos perturba o amenaza nuestra vida con su forma de ser o su carácter. No podemos amar al enemigo como hizo Cristo. Él entregó su vida por nosotros cuando éramos injustos y pecadores, “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10, 11)…

¿Quién nos dará el poder de amar a todos, incluso a los enemigos? ¿Cómo podremos acoger a los hombres cuando no son buenos con nosotros?

Hermanos, hemos recibido una gran noticia: Dios nos ama como somos en Cristo Jesús.

Él no nos juzga, no nos echa en cara nada, ni nos condena; “no nos toma en cuenta el mal -dice S. Pablo- nos cree sin límites, nos espera sin límites, nos aguanta sin límites…” (1 Cor 7,13)

Apoyados en Jesucristo es posible amar. Caminando a su lado tendremos la verdadera calidad de vida, podremos amar y ser amados.

“Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. (Jn 10,10)

Y, ¿cómo se nos entrega esta vida?: a través del Bautismo, dice el salmo, “…me conduce a fuentes tranquilas”, y de la
Eucaristía, “…preparas ante mí una mesa, a la vista de mis enemigos”.

Por el Bautismo participamos de la muerte y resurrección de Cristo. Él ha soportado nuestras culpas, y ha destruido la muerte en su carne. No somos deudores de nadie, pues Él ha obtenido con su sangre el perdón de nuestros pecados. Nosotros, por el miedo que tenemos a la muerte, nos hemos hecho esclavos de nuestras inclinaciones, que nos impiden amar a los demás y nos llevan a la tristeza y a la infelicidad.

Pero Dios, resucitando de la muerte a su Hijo querido, nos ha devuelto la vida y la alegría. Hoy, en el poder de este Hijo resucitado, podemos amar a todos los hombres: a nuestro vecino, al jefe, al borracho, al que no piensa como nosotros, al marido cuando no hace nuestra voluntad, a la esposa cuando no es como a mí me gusta, a nuestro hijo cuando no se adapta a nuestro proyecto… Por este poder, cada uno de nosotros podemos ser santos, amar como Cristo nos ha amado.

Y unida al Bautismo, está la Eucaristía que se nos entrega como alimento para vivir la vida nueva, la vida eterna. Es la Pascua de nuestra salvación, signo del banquete eterno, que nos permite donarnos como un sacrificio puro unido al sacrificio de Cristo, para trasladar la humanidad desde la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida.

Y continúa el salmista: “…aunque fuese por valle tenebroso, ningún mal temería, pues Tú vienes conmigo”. Esta es la realidad de todo hombre. Cada día experimentamos el sufrimiento, pues caminamos por un “valle de lágrimas”: dificultades en el matrimonio, en el noviazgo, enfermedades, catástrofes, la muerte de seres queridos, dudas de fe… Todo aquello que nos hace exclamar: ¡¿Dónde estás, Señor?!.

Es la “noche oscura” de S. Juan de la Cruz, en la que el amado parece haber desaparecido. ¡Dios mío,! ¿por qué me has abandonado?, de noche grito y no te encuentro. ¿Por qué me he quedado en el paro?, ¿por qué esta enfermedad que me produce tanta angustia?, ¿por qué la soledad, mis complejos?… ¿Por qué, Señor?.

¡Pero Tú no estás lejos!, puede proclamar el cristiano, “ningún mal temeré porque Tú vas conmigo”. Sabemos que en el caminar no estamos solos, que “muchas son las pruebas que le esperan al justo, mas de todas le libra el Señor” (Sal 34, 20). Dios ha querido salvar a la humanidad a través de la Cruz. La Cruz es el “lecho de amor donde nos ha desposado el Señor, en la victoria ella es la corona, en la lucha es el premio y en sus brazos abiertos brilla el amor de Dios”

¡Cuántas veces hemos renegado de la Cruz! ¡Cuántas veces, incluso, hemos pedido a Dios que la apartara de nosotros!: Señor, ¡quítame la Cruz!. ¡Qué contradicción es que los cristianos hagamos en ocasiones cómplice a Dios de nuestra huída de la salvación! El hombre sólo encuentra descanso en la voluntad de Dios.

Las palabras del salmista son una luz en medio de la oscuridad de la vida, de la cultura de la muerte que hoy nos rodea: “…tu vara y tu cayado me sosiegan”.

El mismo cayado que, en manos de Moisés sacó a un pueblo de la esclavitud, le hizo atravesar el mar y, a través del desierto, le condujo a la tierra prometida, ese mismo cayado está hoy en manos de Pedro, Vicario de Cristo; está en la Iglesia para llevar al hombre a la única verdad: ¡que Cristo nos ha abierto el cielo!, ¡que existe la Vida Eterna! Este cayado nos muestra la verdad del amor. En este amor el hombre se trasciende, encuentra el verdadero ser de hombre y puede experimentar la vida que no termina ¡Esta es la verdadera antropología! Y de esta vida es garantía la misma resurrección de Cristo, que nos hace resucitar con Él.

Y termina el salmista mostrando hacia dónde camina todo aquél que quiere formar parte de este rebaño del verdadero y único pastor: “…habitaré en la casa de Yahvé un sinfín de días”.

He aquí el destino de todos los que desean adherirse a esta fe: vivir para siempre en la casa del Padre, ahora en la Iglesia y mañana, en la Vida Eterna.

Pues “Vale más un día en tus atrios que mil fuera de ellos, vale más estar en el umbral de tu casa, que habitar en los palacios” (Sal 84).

Estos son los “…verdes pastos donde nos apacienta” el Señor.

¡Cuán grande y hermoso poder experimentar en esta vida estos pastos abundantes que nos alimentan para poder caminar por encima de la muerte!.

Poder alimentarnos de ellos es una gracia que nos acompañará todos los días.

Vendrán caídas que nos producirán heridas, momentos de oscuridad y hasta podemos perder la senda, pero siempre tendremos junto a nosotros al pastor que, dejando al resto de las ovejas, vendrá, curará nuestras llagas y poniéndonos sobre sus hombros, nos agregará a la comunidad que camina por senderos de justicia para gloria del nombre del Señor.

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