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La paz de Dios 
16 de Mayo
Por Hermenegildo Sevilla

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado.” Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis.

Ya no hablaré mucho con vosotros, pues se acerca el príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mi, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo». (Juan 14, 27-31a)

El ser humano, con sus limitaciones, suele manifestar una tendencia a empobrecer la obra creadora de Dios; empequeñece los dones otorgados por el Señor, privándose de los frutos más ricos. Porque, como dice la Escritura, los proyectos y pensamientos del hombre no son los de Dios. Hasta tal punto adulteramos las gracias recibidas que convertimos la libertad y la paz en esclavitud y hacemos de la alegría un simple divertimento.

  Comienza el Evangelio de hoy con las palabras de Jesús: “La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como os la da el mundo.” Verdaderamente esta paz y la alegría que desprende, son frutos exclusivos del amor de Dios. El hombre, por sí mismo, es incapaz de alcanzar este don. El mundo se afana por conseguirlo, produciendo sucedáneos, que vende como auténticos, resultando ser meras imitaciones de usar y tirar.

  El hombre rechaza frontalmente cualquier problema e intenta frenéticamente  rodearse de seguridades. Se pretende desterrar el sufrimiento de la faz de la tierra. Esta sociedad ignora que el aguijón del sufrimiento es vivirlo lejos de Dios. Sólo confiando y abandonándose en el Señor se pueden vivir los aconteceres de nuestra vida, sean del tipo que sean, con paz y alegría; esta no reside en que las cosas nos vayan bien y no tengamos problemas, sino que se encuentra viviendo conforme a la voluntad del Señor. La alegría y la paz interior son dones del Señor, que actúan como un bálsamo infalible para las lágrimas de un rostro sufriente.

  La sociedad de mercado nos bombardea continuamente con el anuncio de productos que se utilizan para escapar y evadirse de las diferentes contrariedades que forman parte de la vida. Crea mecanismos integrados por bienes de consumo destinados a permanecer indefinidamente en un estado de bienestar. Esta maquinaria pretende sustituir a Dios, pero sólo consigue, a largo o medio plazo, añadir frustraciones y conflictos a los ya existentes. El hombre fracasa repetidamente en su intento de construirse a sí mismo; se olvida o ignora que es obra de Dios y que sólo en Él puede descansar.

  El hombre sólo puede hallar la paz en su propio interior, encontrándose con el Señor en el corazón. La paz que Él da, puede llegar a nuestra vida en tiempos revueltos y de desorden. Es en la cruz en donde descubrimos en profundidad los frutos del amor que Dios nos tiene.

  En este pasaje del Evangelio, Jesucristo comienza a despedirse de sus apóstoles y se preocupa por alejar de sus corazones el miedo. Les revela que si Él se dirige al sacrificio, no es porque el demonio haya triunfado, sino que precisamente lo que ha ocurrido es que ha sido derrotado al aceptar Jesús, voluntariamente y por amor, la voluntad del Padre. Cristo prepara, a todo aquel que quiera escucharle, para el combate, con sus palabras y con su vida.

  Hay veces, que la voluntad del Señor está en que experimentemos contrariedades y adversidades. En la aceptación y la confianza se encuentra la paz verdadera. En estas encrucijadas aparece el demonio para tentarnos y arrastrarnos a su lado, pero si permanecemos en Jesús nunca seremos defraudados. El infierno está en huir de la voluntad de Dios, aunque pueda no ser apetecible, como si lo era el fruto del árbol prohibido que Satanás nos presenta diariamente.

  La confianza en Dios mueve al Espíritu Santo a darnos la paz, que purifica el corazón y renueva la mente del hombre, otorgándole una visión de la vida real y divina, de manera que la mentira del mundo, del demonio, pueda ser descubierta y rechazada. Nada del mundo puede seducirnos si permanecemos en Dios. En Él se puede alcanzar una plenitud de sentido en todo lo que nos suceda, evitando así el horrible sufrimiento de no entender lo que nos pasa ni encontrar razón a nuestra vida.

  Pero como seres humanos, a los que Dios ha dotado del precioso don de la libertad, la paz es también fruto de una decisión personal, de abandonarse en las manos de Dios. Esta es una opción  que se nos presenta diariamente. Hoy puedo ser feliz con Dios, pero mañana puedo caer en tentación y sufrir con el demonio.

  La fe y sus frutos se enmarcan en un continuo combate, mientras peregrinemos en la Tierra. Es necesario permanecer despiertos y en guardia, para poder decir con San Pablo: “He librado el buen combate de la fe”. En este combate está la paz, mientras en la paz del mundo está el conflicto y la muerte.

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