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Zaqueo: un auténtico itinerario espiritual 

Son tres los movimientos que vemos al acercarnos a la figura de Zaqueo: subir, bajar y mantenerse en pie; tres pasos o grados de crecimiento espiritual. Subir (Lc 19,4): El pecado baja a la persona, le resta alientos, le puede llevar al fango, a lo denigrante. Cuando se convierte, pasa de ese estado bajo a otro superior donde todo resulta más amable, más luminoso o, en su acepción positiva, simplemente más. Zaqueo por causa de Jesús se eleva, es elevado. Es el Señor el que le ha hecho subir para poder verlo todo mejor, con otros ojos…, ojos que son ya de fe.

Este impulso motivado por la gracia le produce a Zaqueo un primer despojo, un primer renunciamiento —como diría José María Pemán—: el desalojo de los respetos humanos. Un cobrador de impuestos subido como un chiquillo a un árbol, encaramado todo él. Ha supuesto un proceso de superación de miedos y de puesta en marchas de deseos sanos, saludables, divinos. Ha superado su natural pequeñez subiendo. Se agiganta su sombra… ¡Y todo por Jesús!, es decir, por amor a él y gracias a él. Con la Encarnación, el Hijo se hace pequeño, humano en dimensiones. Fue así posible el trueque. “Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (2 Co 8,9)

El segundo movimiento se inicia con la bajada (Lc 19,5-6); el volver a la pequeñez inicial pero ya con otro estilo, con otras maneras. Zaqueo recupera la tierra dejando el árbol, pero los pies que pisan esa tierra ya no son mundanos; son pies de niños, que persiguen corderos y no dineros (Gn 33,14), nuevos discípulos para el Señor. Ojos que ven, pies que se transforman, que trastocan su anterior destino: “Qué hermosos son sobre los montes los pies del que anuncia la paz” (Is 52,7). Zaqueo —que significa puro, inocente— es ya semilla de mensajero, portador de nueva alegría para sus congéneres.

de puño monetario a mano abierta

Zaqueo se encuentra elevado porque ha pisado miedos y ha encontrado Paz. Forzosamente tenía que ver a los demás hermanos pecadores con una cierta superioridad. El elevado cuando mira a la tierra lo hace hacia abajo. Se cumplen las palabras del libro de Job: “Dios salva al que baja los ojos”(Job 22,39). Su posición no le da otra posibilidad. La persona se siente, en cierto sentido, superior. No es cuestión de orgullo, es cuestión de posición. Mientras ve a la gente que se mata por el dinero, por honras, por puestos de honor, por placeres rastreros… , él planea por regiones etéreas, altas, muy altas. Siente el gozo de vivir que lo superior es su aire, su entraña; hasta siente una humilde compasión por sus hermanos de prisión, que no atinan a subir quebrando resquemores, temores y desazón.

Este aventurero de las escaladas tiene que bajar ahora a causa del mismo Jesús. Es el Señor que le está haciendo bajar, le manda que baje. Muy imperfecto quedaría el camino si Zaqueo se hubiera quedado arriba, como Pedro quiso en el Tabor (Lc 9,28-36). San Agustín, tras su conversión no ansiaba sino permanecer en comunidad contemplativa, saboreando la Verdad, abasteciéndose de Belleza, amando al Amor en soledad. Pero esa paz blanda solo le duró tres años. Dios le llamó al combate episcopal, pastoreando numerosas iglesias de África. Retiro inmolado, paz conventual, silencio de cristal, trocado en ajetreo apostólico, con problemas y todo. Agustín tuvo que bajar.

Tenía que bajar y… “deprisa” (Lc 19,5). Este recaudador de puño monetario será dentro de poco mano abierta, alivio de pobres. Es un proceso de apertura este de la conversión. Apertura tras apertura… Sí, todo es cuestión de abrirse a la Caridad, a su encanto. Explosión en cadena de las sorpresas de Dios —así podría uno imaginarse el mismo Cielo, con una cierta dosis de libertad literaria-.

 quiero trepar y verte

Zaqueo dio en la diana: dramatizarse él para ensalzar a Jesús, en público homenaje. Unamunose confundió de táctica en los primeros versos de su poema: “Agranda la puerta… Agranda la puerta, Padre, porque no puedo pasar. La hiciste para los niños, yo he crecido a mi pesar”. Zaqueo, cuando subió al árbol se empequeñeció a sí mismo, entró “por la puerta estrecha”(Lc 13,24), dejó intacto el árbol en su tamaño natural; dejó que la prueba fuera prueba, intacta, como Cristo en la cruz, sin paliativo avinagrado (Mt 27,34).

Subió porque quiso. Ahora baja porque quiere; porque quiere él, el Maestro. En su ascensión vegetal hubo mucho de iniciativa. En la bajada ya había mucho de obediencia. Queda despejado al ser despojado de coberturas superficiales. Ya no le importa ser niño que juega a colgarse de un árbol. Es la felicidad de infantes la que comporta la cercanía con Dios. Sus respetos humanos reciben una segunda embestida. Si antes subió como un niño, dejando atrás su categoría, ahora baja porque obedece, como un niño también. Obediencia pública, para más dolor y eficacia, que le va disponiendo para abrirse, para abrir esas manos que engañaron, que atribularon a los semejantes. Uno se abre realmente cuando obedece a la gracia, al don de Dios. La mano se convierte en industria de dádivas, en muestras de cordialidad.

Porque baja de verdad se arrepiente de verdad. A veces es al revés: porque me arrepiento de verdad bajo con velocidad. Ambas relaciones son auténticas. La bajada no tiene límites porque la humildad no tiene fondo. Zaqueo ha vivido lo cómico en sí mismo, lo jocoso, lo caricaturesco: la subida de un señor respetable a un árbol. “Por ser pequeño (…) echó a correr hasta ponerse delante, se subió a un sicomoro para verle” (Lc 19,3-4). Hilaridad —hilarancia si se me permite la invención— que es tragicomedia.

Y ahora, en un segundo paso, asume lo humilde: la obediencia a otra voz, a otro Dueño que no es uno mismo. Dios, cuando se decide “derribar del trono” (Lc 1,46-55) corre el riesgo de las estampidas, como de búfalos asustadizos. Muchos no aceptan “la mano humillante” de Dios, “son enemigos de la cruz de Cristo” (Flp 3,18). No “se humillan bajo la poderosa mano de Dios” (1 Pe 5,6); ni siquiera encaja en sus mentes el concepto profético de un Dios “que hunde en el abismo y levanta, humilla y enaltece” (Is 2,1-10). Es el momento trágico de la caída por mandato. Zaqueo sigue a Cristo “que se hizo obediente hasta la muerte y una muerte de cruz” (Flp 2).

Esta situación traumática del santo puede ser puntual o progresiva, según el caso. En San Pablo fue una derribada total. En otros es cuestión de ulteriores procesos, más pedagógicos quizás, en su conjunto. Y es justo aquí donde se dan las siguientes opciones o salidas: o bien la persona no supera la prueba y refunfuña ocasional o vitaliciamente, o bien la supera ampliamente, o bien la supera imperfectamente. Es decir, queda la persona tan herida por la humillación que no la traga y aunque hace lo que se le dice, interiormente queda resentida, turbada, por los suelos anímicos. Estamos en el momento crítico, ya final. Damos entrada al tercer paso:

santidad llevada a la acción

Permanecer en pie, estar: el ciclo queda cerrado —perfecto— con la estatura, quiero decir, con el estar, con el ser no derruido, con el no ser derruido. “Se puso en pie” (Lc 19,8). La humillación no nos ha quebrado, al contrario, nos ha perfeccionado (Magnificat). No hemos caído en complejo o depresión. No nos hallamos hundidos. No quedamos por los suelos. Estamos con la cabeza en alza, no tristones ni mordientes. Alegría de borbotón, puerto de llegada de mi ventura. Sí, de pie, firme, servicial, feliz. Hemos superado la prueba.

Decía San Luis María Grignon de Monfort que “a quien Dios quiere hacer muy santo, lo hace muy devoto de la Virgen María”. De igual modo a los que quiere santificar los lleva Dios por bajadas vertiginosas que no son sino otras tantas subidas que acaban en posturas salmódicas: “de pie a tu derecha está la reina enjoyada con oro de Ofir” (Sal 44).

Subir, bajar, estar de pie, sí. Ese subir es bajar, ese bajar es subir. Juego inteligible de ángeles, nuevas escalas de Jacob (Gn 28,11-19), ediciones irrepetibles de lo sacro en cada uno. Todo acaba en estatura espiritual, de pie. La noblería está en la bajedumbre (perdón por el invento).

Francisco Lerdo de Tejada
Capellán Universidad CEU-Montepríncipe 

Responder a Zaqueo: un auténtico itinerario espiritual

  1. Alicia Cristina

    Muy estimado padre Francisco Lerdo de Tejada. he bebido sin hacer pausa del agua que nos ofrece, bendita agua, precioso comentario, más que precioso!!!! No lo conozco o si? Pues no se encuentro al orar? Su comentario alimenta nutre edifica. Estoy profundamente emocionada.
    Que siga bendecido, rico en Dios, en el Amor Hermoso.
    Gracias!!! MUy feliz navidad y Año Nuevo.

     

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